ALGUNOS DESAFÍOS DE LA ARMADA, por Emilio Sáenz-Francés

Desde que comenzó la crisis el presupuesto del Ministerio de Defensa se ha reducido en aproximadamente un 30%. Con el nuevo escenario en el que nos encontramos no cabe soñar, a menos a corto plazo, con dar continuidad a la era de ambiciosos programas de nuestras Fuerzas Armadas (Carros de Combate Leopard, Eurofighters, Fragatas F100…) sino, en todo caso, pensar en una aseada supervivencia. O ese sería el caso si España no fuese por un lado una potencia creciente en el campo de la exportación de material armamentístico y sobre todo si no hubiese de dar respuesta a los desafíos que implica nuestra posición geoestratégica. La Armada juega un papel crucial en todo ello.

En efecto España ocupa un lugar clave en el hemisferio occidental. Controla el acceso al mediterráneo. Y el estrecho es uno de los puntos candentes -en efecto- de multitud de desafíos, tanto nacionales como internacionales. Rota es un hito imprescindible del escudo antimisiles estadounidense; la base de Gibraltar continuará generando conflictos de baja intensidad con las autoridades locales británicas… El transito comercial (y no comercial), legal e ilegal, por los pocos kilómetros que separan ambos continentes es abrumador. La soberanía Española se extiende más allá de la península. Además de las Canarias, de Ceuta y Melilla, España tiene otras posesiones en el norte de África que suponen un inevitable elemento de fricción en nuestras siempre difíciles relaciones con Marruecos. La lucha contra el terrorismo internacional, nuestra participación junto con nuestros aliados en misiones y maniobras internacionales son otros elementos que plantean una insoslayable exigencia.


Todo ello implica, en tiempos de crisis y contracción económica, la necesidad –al menos- de mantener en lo posible la capacidad de acción de nuestras fuerzas armadas. Sobre todo, no dar la impresión de que tras años de notable esfuerzo para situar la Armada, protagonista de este texto, a un altísimo nivel… se abdica de mantener esa posición de cara al futuro.

El panorama es de claroscuros. Por un lado no se ha licitado la sexta fragata F100, que hubiese culminado una serie excepcional que ha puesto de manifiesto tanto la madurez de nuestros astilleros como los frutos de la relación privilegiada con Estados Unidos, que permitió dotar a los buques de la serie del exclusivísimo sistema de combate Aegis. Sin embargo ya se trabaja en la nueva (y prometedora) serie F110, que vendrá a sustituir a la Clase Santa María (Clase Oliver Hazard Perry estadounidense, pero construida en España). Si serán cinco o seis las unidades licitadas aún es una incógnita, como lo son muchas características de nueva clase.

Por otro lado, el programa S80 para dotar de cuatro nuevos submarinos a la Armada,
jubilando a la ya añeja clase Galerna –tras el agostamiento del proyecto conjunto con la DCNS francesa del Scorpene- ha sufrido un retraso por el exceso de peso del primer buque de la serie, el Isaac Peral. Esto ha llevado finalmente a Navantia a pasar el buque a cola de producción, retrasándose la entrega de la primera unidad de la serie a 2017. Más allá de chanzas interesadas con el problema de la primera unidad, el S80 promete ser un buque muy competente e innovador, que aumentará a buen seguro el rango de trabajos para otras armadas que ya realiza Navantia. Nuestra creciente capacidad en términos de construcción naval nos convierte en serios competidores de astilleros vecinos, y eso naturalmente supone una preocupación para muchos…

Algo similar cabe decirse de otra importante novedad de los últimos años: los Buques de Acción Marítima. Sólo cuatro unidades se han construido de esta atractiva, polivalente y muy exportableserie. La continuación del programa está en suspenso. Y eran al menos diez los buques previstos originalmente… El número que se entendía necesario para dar carta de naturaleza a los objetivos de la serie, que desde 2013 (primero el Meteoro -P41- y posteriormente el Tornado -P44-) ha mostrado sus capacidades a través de su participación en la Operación Atalanta en el Índico… liberando así a los buques de mayor tonelaje de la Flota para otras misiones.

Pero la estrella del panorama de la Armada es sin duda el Buque de Proyección Estratégica Juan Carlos I (L61). La nueva plataforma aérea (y multipropósito) de la Armada. Si no respaldada por la belleza de líneas, sí que lo es –sin duda (de nuevo)- por la polivalencia de sus capacidades: Despliegue de fuerza aérea embarcada, transporte, misiones humanitarias…


El Juan Carlos I debía ser el “bastón” del Príncipe de Asturias (R-11) hasta que se planificase su sustitución por un buque de mayores capacidades y que superase la cierta bisoñez de aquel proyecto. Ahora, la temprana retirada del Príncipe de Asturias (víctima de los recortes presupuestarios) deja sólo al Juan Carlos I, y también muchas interrogantes. La principal: El futuro de nuestra fuerza aérea embarcada, habida cuenta de que los Harrier de los que dispone la Armada alcanzarán en algunos años el ocaso de su vida operativa. El logro de España al contar con una fuerza aérea embarcada, con una auténtica aviación naval es uno de los más reseñables de la larga historia naval de nuestro país. Su continuidad parece hoy en día una incógnita. ¿Contará el Juan Carlos I con otro buque de la misma clase, o –mejor aún- con un auténtico heredero del Príncipe de Asturias para desplegar esa capacidad? Más urgente si cabe es –como comentamos- la cuestión del potencial sustituto de los Harrier. Sólo hay uno posible: el F35B Lightning II. Un avión de un elevadísimo coste que hoy por hoy parece inasumible por el Ministerio de Defensa. Será necesario clarificar si estamos dispuestos a asumir el dar continuidad a nuestras capacidades en este campo… No hacerlo sería arriar la bandera de un hito que ha costado años de mucho esfuerzo e ilusión. Más si cabe, ello reduciría a medio plazo el atractivo de unidades como el Juan Carlos I o similares para su exportación… Y en efecto el Buque de Proyección Estratégica está resultando ser un éxito en este campo, con proyectos similares ejecutados por Navantia para Australia (Clase Camberra) Y Turquía.

Para terminar, hay que mencionar
el que en cualquier caso es –quizás- el problema más acuciante de la Armada: El mantenimiento de su capacidad operativa. Con un presupuesto menguante, las unidades han visto reducido el ratio de maniobras a realizar y hemos de asumir que la puesta a punto de la Armada habrá sufrido inevitables retrocesos. Ante ello sólo cabe decir que más importante que cualquier buque son los hombres y mujeres que conforman la Armada Española, cuya formación requiere de tiempo, inversión y constante actualización. Es a través del mantenimiento de esa capacidad operativa -en personal y en unidades-, mediante el ingenio para huir de la inacción y mantener el pulso y las capacidades, como nuestra Armada podrá afrontar con confianza los desafíos del futuro. Naturalmente, a medio plazo, una política presupuestaria menos restrictiva es más que necesaria.

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