RUSIA UNA POTENCIA PRE-WESFALIANA EN UN MUNDO POST-WESFALIANO, por Alberto Priego

Una de las dificultades que los Occidentales tenemos con Rusia es que no hablamos el mismo idioma. Esta afirmación que puede parecer obvia, merece una cierta explicación para dotarla de sentido. Las diferencias culturales y civilizaciones entre Oriente y Occidente son mucho más significativas de lo que a simple vista parece. Basta un ejemplo para ilustrar esta atrevida afirmación. Cuando en Europa Occidental asentimos con la cabeza queremos indicar conformidad con la idea expuesta mientras que en buena parte del Oriente de Europa significa todo lo contrario.

Lo mismo ocurre con otras muchas cosas como por ejemplo, la concepción de la organización política. Desde el siglo XVII, esencialmente con La Paz de Wesfalia, los Europeos aceptamos el Estado como forma de organización de la comunidad política. Poco a poco, otras formas pre-Wesfalianas o pre-estatales, como las tribus, los clanes o los imperios, fueron desapareciendo paulatinamente para dejar paso a esta nueva forma de organización. Siguiendo a la doctrina para que podamos hablar de Estado tenemos que tener tres elementos internos (territorio, población y gobierno) y uno externo que es la capacidad de relación con otros estados. Esta relación se debe dar  en pie de igual  -al menos desde el punto de vista jurídico- lo que a todas luces implica reconocimiento.


Esta concepción estatal fue asumida tanto por el Imperio Otomano como por el Imperio Austro-Húngaro después de sus dolorosas derrotas en la Primera Guerra Mundial. Sin embargo, las alianzas del Imperio Zarista primero y la Revolución Soviética después provocaron que ni Rusia ni la URSS tuvieran que abandonar esa concepción imperial para adoptar la estatal. Así, durante los años de existencia de la URSS, Moscú continuó ejerciendo una autoridad imperial invadiendo territorios – como las repúblicas bálticas- o interviniendo en la política exterior de los Estados (Hungría 1954, Praga 1968 o Afganistán 1979)

Hoy, en el siglo XXI la situación no ha cambiado mucho. La Federación Rusa considera que algunos principios básicos del Derecho Internacional tienen una importancia menor ya que son fruto de un sistema internacional con el que no sintoniza (el wesfaliano o estatal). Por este motivo, algunas de sus acciones son profundamente chocantes para el resto de Estados de la Sociedad Internacional. Sólo de este modo se pueden comprender algunas de las acciones que ha emprendido en las últimas décadas (Moldavia, Georgia y recientemente en Ucrania)

Moscú, siguiendo una política realista clásica, considera que posee soberanía sobre algunos de los territorios que en momento dado formaron parte de su Imperio ya sea zarista o soviético. En concreto estamos hablando de lo que han denominado como el extranjero próximo. Es por ello, que al no seguir una lógica Wesfaliana, sino Imperial, no necesita algunos de los elementos que en Occidente consideramos básicos para el desarrollo de la vida internacional. En concreto me estoy refiriendo a dos principios básicos que permiten el desarrollo de la vida internacional: el consentimiento de la población y el reconocimiento internacional de los Estados.

En primer lugar parece claro que todo gobernante wesfaliano o no debe contar con la conformidad de su población. Cuando este elemento no se da podemos vivir episodios violentos donde se producen cambios bruscos en el poder. Podemos buscar ejemplos remotos en el tiempo como las Revoluciones Francesa y Americana o más recientemente las Primaveras Árabes. De hecho, Rusia está acostumbrada a no contar ni con el apoyo de su población, ni con el de la población de los territorios que controla (ya sea de iure o de facto). Por ello, el Kremlin nunca ha buscado aparecer como un régimen legítimo -ante los húngaros, los polacos o ante sus propios ciudadanos- sino como un poder contundente que basa su existencia en el hard y no tanto en el soft power.

El segundo de los elementos obviados por Moscú es el reconocimiento internacional. Para un actor como Rusia el reconocimiento internacional es absolutamente secundario ya que su concepción internacional no pasa por la igualdad soberana de los Estados lo que relega el reconocimiento internacional a un segundo lugar. Por ello, en la mentalidad rusa cualquier territorio anexionado o controlado no necesitará del reconocimiento internacional para ser considerado como legítimo.


De este modo, y siempre pesando  bajo la lógica  imperial y no estatal las acciones rusas en Crimea, Osetia, Abjasia, Nagorno Karabakh o Transdniester son una política de hechos consumados que no deben contar ni con el apoyo de la población ni con el reconocimiento internacional. Si ningún Estado relevante reconoce la independencia de Osetia o la anexión de Crimea, este hecho, es absolutamente relevante para el Kremlin. Si en los territorios conquistados hubiere población disconforme tampoco es algo importante para Rusia ya que sigue la lógica del más fuerte y no la del más democrático y por tanto más legítimo.

Medidas como el aislamiento internacional, las sanciones a determinadas personas o la reprobación pública en los principales foros internacionales no servirán como elemento disuasorio para Rusia ya que para los Imperios el hard es siempre más relevante que el soft power. Es por ello que podemos afirmar que la crisis de Crimea es una situación pre-Wesfaliana en un mundo post-wesfaliano.

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