HISTORIAS DE LIDERAZGO. LA LARGA MARCHA DE MANDELA, por Carmen Márquez Beunza

En un tiempo tan necesitado de verdaderos dirigentes, el mundo honra estos meses la memoria de uno de los grandes referentes morales y políticos del siglo XX: el activista político y presidente sudafricano Nelson Rolihlahla Mandela, el hombre que llevó a cabo el milagro sudafricano, que supo conducir magistralmente el tránsito pacífico del sistema del apartheid a un régimen democrático y multirracial.


Nelson Rolihlahla Mandela había nacido el año que terminó la Gran Guerra en Europa, cuando en la recién creada República Sudafricana todavía supuraba la herida de la sangrienta contienda que había enfrentado a bóers y británicos. El Congreso Nacional Africano (CNA), la organización fundada en 1912 para defender los derechos civiles y políticos de la población nativa y luchar contra la segregación, había enviado ese mismo año una delegación a la Conferencia de Paz de Versalles, con la vana esperanza de que sus reivindicaciones fueran escuchadas. Por aquel entonces, el asimilacionismo era la filosofía que inspiraba a la organización. Sus militantes, en su mayoría cristianos formados por misioneros anglosajones, confiaban en las promesas implícitas en las enseñanzas del cristianismo y en los ideales del sistema de gobierno británico, y aspiraban a lograr una mayor representación en un sistema parlamentario que les negaba mayoritariamente el voto. Pero sus esperanzas no tardarían en verse frustradas. 


Mandela pertenecía a esa minoría de cristianos formados en las escuelas misioneras, que

recibía una educación occidental y acariciaba la esperanza de ser aceptada en aquella sociedad «civilizada», cristiana y no racial. Graduado en leyes en Fort Hare, la prestigiosa universidad fundada por los misioneros escoceses conocida como «el Oxford de los negros», fue allí donde entró en contacto con la organización en la que militaría durante el resto de su vida y donde despertó su conciencia política: ««Empezaba a comprender que un hombre negro no tenía por qué tolerar las docenas de pequeñas indignidades a las que se ve sometido día tras día». Estaba preparado para emprender una carrera por lo que él mismo describió como «una lucha por la dignidad humana». El ascenso al poder de los nacionalistas afrikáners en 1948 había significado un duro golpe. Acabó con las esperanzas de alcanzar la permanente demanda del sufragio universal y de poner fin a una segregación que se veía reforzada cada día.

Su militancia política le llevó primero a la clandestinidad y después a la cárcel, tras ser sentenciado a cadena perpetua en el famoso juicio de Rivonia (1963). Su alegato final fue considerado su testamento político: «He dedicado toda mi vida a esta lucha del pueblo africano. He combatido contra la dominación blanca y he combatido contra la dominación negra. He abrigado el ideal de una sociedad democrática y libre en la que todas las personas vivan juntas en armonía y tengan las mismas oportunidades. Es un ideal por el cual vivo y que espero lograr. Pero si es necesario, es un ideal por el que estoy dispuesto a morir». Desde la cárcel, Mandela siguió siendo una poderosa fuente de inspiración para la comunidad negra. Y también desde allí inició las conversaciones con el gobierno que abrieron la puerta la transición pacífica. 
Las elecciones democráticas de 1994, celebradas tras un largo proceso de negociaciones, hicieron realidad aquella vieja aspiración política de la comunidad negra: la instauración de un sistema democrático no racial. Negros, blancos, indios y mestizos acudieron, por primera vez, juntos a votar. Mandela fue proclamado presidente de la nación y el mundo pudo contemplar aliviado cómo se ponía fin a uno de los regímenes políticos más injustos del planeta. Durante cuatro largas décadas, los afrikáners habían instaurado un perverso sistema que legitimaba la desigualdad racial y la opresión, que marginaba y condenaba a la miseria a la mayoría de la población, amparados por una Constitución que invocaba al Dios cristiano. Y es que aquellos fervientes calvinistas, que justificaban el racismo en nombre de Dios, se concebían a sí mismos como un pueblo elegido, como lo habían sido los israelitas, portadores de un especial destino: gobernar Sudáfrica desde una estricta separación racial. 
Sudáfrica se libraba de la peor de sus pesadillas. Pero tenía por delante una difícil tarea: alumbrar una nueva nación reconciliada. Y contó para ello con el mejor guía posible. Desde su liberación, Mandela dio muestras de una magnanimidad y una capacidad de perdón sin precedentes. Gestos como la visita a la viuda del Primer Ministro H. Verword para tomar el té, la invitación a sus antiguos carceleros a su nombramiento presidencial o su encuentro con el juez que le había sentenciado a cadena perpetua eran más elocuentes, si cabe, que sus palabras. Los veintisiete largos años pasados en prisión habían acrisolado el temperamento y la voluntad de aquel joven y prometedor abogado negro que, ante la ineficacia de la vía pacífica, se había decantado por la lucha armada. En aquella peculiar universidad en que se convirtió Robben Island, Mandela había aprendido algunas lecciones esenciales: que ser libre no es sólo desprenderse de las cadenas sino vivir de un modo que respete y aumente la libertad de los demás, que incluso los hombres más duros son capaces de cambiar si se consigue llegar a su corazón y que un dirigente debe siempre matizar la justicia con el perdón. «Hay momentos en los que un líder debe adelantarse al rebaño, lanzarse en una nueva dirección confiando en que está guiando a su pueblo por el camino correcto», había escrito. Y desde su primer día al frente del gobierno trazó nítidamente la dirección a seguir: el camino de la reconciliación.
«Los grandes líderes saben cuando ha llegado el momento de perdonar», ha escrito la

profesora de Harvard Rosabeth M. Kanter un artículo en el que elogiaba la conducta del líder sudafricano. Sin duda, Mandela lo sabía. Estaba convencido de que la solución definitiva requería de algún tipo de acuerdo negociado, que había llegado el momento de hablar. Y, por encima de todo, comprendía que el futuro pacífico de Sudáfrica dependía del perdón. Por ello se empeñó con ahínco en la difícil tarea de reconciliar a su pueblo, creó la Comisión Verdad y Reconciliación y trató por todos los medios de hacer de su país esa «nación del arcoíris» que un día soñara Desmond Tutu, proclamando con sus actos que sólo «porque existe el perdón, el futuro es posible». Sin duda, ese fue su mejor y más valioso legado.

Deja un comentario