EN VÍSPERAS DEL CENTENARIO DE LA PRIMERA GUERRA MUNDIAL, por Emilio Sáenz-Francés

El debate sobre las responsabilidades por el estallido de la I Guerra Mundial sigue candente en el mundo académico. Miramos a la Alemania de 1914 con el prisma de 1939, cuando estaba meridianamente claro cuál era el bando agresor. Sin embargo, si nos acercamos a la sucesión de acontecimientos de aquellas semanas fatídicas del verano del catorce, no resulta tan fácil arrojar toda la culpa a Guillermo II y a los políticos de Wilhelmstrasse; a un país entero. Y fue precisamente esa condena inapelable de Versalles la que inició el sendero que llevó a Hitler al poder.

Así las cosas, el que planteamos dista de ser un debate baladí. Los últimos acontecimientos en Ucrania -por ejemplo- no encuentran una explicación plena si no buscamos una perspectiva histórica que tiene en la Revolución Rusa y la subsiguiente Guerra Civil un punto focal. En ese momento encontramos por primera vez una Ucrania independiente… y convulsa. Y es que Europa del siglo XXI sigue siendo en gran medida deudora de la tragedia que se inició con el asesinato del Archiduque Francisco Fernando, y la pregunta fundamental sigue resonando en el imaginario colectivo. ¿Por qué?

La realidad es que Gran Bretaña, y aun menos Francia, estaban poco dispuestas a aceptar

la presencia en el tablero europeo del novedoso (y correoso) jugador que era el II Reich. Por otro lado, tras la caída de Bismarck esa Alemania se comportó de un modo crecientemente errático, que replicaba el carácter de un Emperador –Guillermo II- que consiguió que su imperio mimetizase sus propias contradicciones. Completaban el escenario un Imperio Zarista abonado a los fracasos desde la subida al trono de Nicolás II, que parecía ver en la guerra la última posibilidad de redención de su reinado; y una Monarquía Dual -Austria-Hungría- cuyo tiempo se extinguía a la misma velocidad que la vida de Francisco José. Como un paciente terminal –desesperado- estaba dispuesta a cualquier cosa por ganar tiempo y recuperar un prestigio que se había esfumado tras más de medio siglo de repliegue en todos los frentes. 


¿Y que decir de Gran Bretaña o de Francia? ¿Acaso el belicismo de opereta del Kaiser era superior a las ansias de revancha de la III República por la humillación de 1870? ¿Era el rearme galo menor que el del Reich? ¿No representaba fielmente un cierto pensamiento dominante en Francia la premonición que, a un joven Guillermo II -aun lejos de reinar-, le hizo su preceptor francés al decirle sombrío “La próxima vez, no seremos nosotros los que pagaremos”? Las preguntas no son menos urgentes si miramos a Londres. ¿Por qué fue realmente a la guerra Gran Bretaña? ¿Por la pobre e indefensa Bélgica, viciosamente invadida, víctima de los fríos cálculos del plan Schlieffen, o por yugular la posibilidad de verse superada en la carrera naval, en la colonial y en la industrial por una Alemania cada vez más dinámica? ¿Se hizo todo lo posible en Whitehall por alcanzar en los años precedentes un auténtico modus vivendi con el Reich o se evitó esa posibilidad?

Son preguntas sobre las que reflexionaremos en este blog en los próximos meses, como lo haremos en lo que se refiere a las consecuencias del conflicto, los frentes o los protagonistas, sin olvidar a una España que, aunque neutral, vería su devenir político profundamente alterado con la contienda. Un clavo más en el ataúd que se preparaba para el régimen de la Restauración… Otro ataúd se abría el verano de 1914 para la alegre Europa de principios del XX con el inicio de las hostilidades… Como ominosamente declaró en vísperas de la entrada en la contienda de Gran Bretaña el Secretario del Foreign Office, Edward Grey: “The lamps are going out all over Europe, we shall not see them lit again in our life-time.”

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