CRIMEA. UNA GUERRA NO TAN FRIA, por Alberto Priego

Son muchas las frases que pueden resumir lo que está ocurriendo en Ucrania. Por ejemplo, William Hague lo ha calificado como la crisis más grande en Europa en el siglo XXI. También valdría la alerta del Primer Ministro Ucraniano Yatsenyuk que nos advertía que nos encontrábamos al borde del abismo. La situación actual nos resulta inverosímil al tiempo que propia de una película de los años 80 aunque estaríamos mintiendo si dijéramos que es algo nuevo. Desde la caída del Muro de Berlín, son muchos los enfrentamiento fríos que hemos vivido entre Occidente y Rusia. Por citar solo algunos, podríamos hablar de Bosnia, Kosovo, Irak, Georgia, Libia, Siria y más recientemente Ucrania. Sin embargo, este último parece ser diferente ya que Moscú ha puesto las espadas en todo lo alto.

El motivo lo tenemos que buscar en el valor estratégico y simbólico de Ucrania y sobre todo de Crimea. La Península de Crimea -arrebatada a los tártaros y regalada a los ucranianos como muestra de agradecimiento por su entrega en la lucha contra los nazis- es un icono para el nacionalismo ruso. Crimea es el faro que vigila el Mar Negro, mar que durante la época soviética era considerado como el Mare Nostrum y que hoy acoge a tres miembros de la OTAN y a dos aspirantes más. Es decir, si Ucrania y Georgia se integraran finalmente en la Alianza el único Estado ribereño ajeno a la OTAN sería precisamente Rusia. Aunque si bien es cierto que en la Cumbre de Bucatest de la OTAN (2008) Moscú pudo evitar el Match Ball que suponía la integración de Ucrania y sobre todo Georgia, nada hace presagiar que esa situación vaya a perpetuarse. De hecho son muchos los ejercicios militares que se realizan en el Mar Negro -dentro del programa Partnership for Peace (OTAN)- en los que han participado tanto Ucrania como Georgia. Respecto del valor estratégico de Crimea hay que decir que éste es absolutamente incuestionable. Se trata del lugar donde está amarrada una de las flotas rusas más importantes y es por ello que desde que Ucrania se independizó se ha convertido en uno de los puntos más controvertidos en las relaciones Kiev-Moscú. De hecho, en la Guerra de Georgia de 2008 el entonces presidente Yushenko bloqueó a los barcos rusos cuando se dirigían a la costa georgiana para apoyar a las fuerzas rusas en su lucha contra el gobierno de Saakashvili. Consciente de la importancia de esta flota, Yanukovich extendió el acuerdo de cooperación con Rusia hasta el 2042, con posibilidad de llegar incluso a 2047. Sebastopol entraba pues en la disputa.

Esta nueva vuelta de tuerca de Moscú no debe ser entendida como una maniobra aislada sino más bien como parte importante de una estrategia de posicionamiento internacional frente a Occidente. Si bien es cierto que entre 2001 y 2004 las relaciones Moscú Washington fueron excelentes, desde entonces las cosas no han hecho más que empeorar. Dejando a un lado el problema de Ucrania, el Ártico es el otro punto de conflicto, en este caso no solo con los Estados Unidos sino con Canadá, Dinamarca, Noruega e Islandia. Rusia está modificando su estructura militar y para ello ha creado un nuevo mando para el Ártico cuyo principal objetivo es la protección de los intereses energéticos y pesqueros rusos en esa región. Este nuevo mando denominado “Flota del Norte-Comando Estratégico Unificado” está dotada de la poderosa Flota del Norte, fuerza aérea y antiaérea. La medida no sorprende demasiado teniendo en cuenta la reforma de las fuerzas armadas rusas, a finalizar en 2020, y sobre todo que en diciembre pasado GAZPROM inauguró la plataforma Prirazlómnaya en el Mar de Pechora. Primera prospección energética en esta región. Aunque es cierto que hay elementos coyunturales que favorecen la política rusa en Crimea -la Presidencia Griega de la UE o la presencia de Barack Obama en la Casa Blanca (Reboot policy)- la aventura del Kremlin puede traerle más problemas que beneficios.

En primer lugar, la imagen internacional de Rusia está quedando por los suelos algo que resulta especialmente paradójico después de haber gastado 5.1 billones de $ en mejorarla en unos Juegos Olímpicos. Su primera factura la puede pagar en la Cumbre del G-8 de junio en Sochi. Conviene recordar que el G8 -en realidad es un G-7 + Rusia-. En segundo lugar, el coste económico puede acabar con la única fuente de legitimidad que aun le queda en Rusia, la económica. De hecho, el rublo ha comenzado a desplomarse en los parqués internacionales. Si finalmente se adoptan sanciones económicas, la situación puede ser mucho más grave para una economía sin diversificar como la rusa. En tercer lugar, conviene recordar que Vladimir Putin es el presidente ruso que ha experimentado las mayores revueltas sociales desde la era Gorbachov. En cuarto lugar, los desplazamientos masivos de militares en Rusia pueden resultar peligrosos sobre todo si esos efectivos, como parecen, proceden del distrito militar del Cáucaso Norte, región ésta muy conflictiva y donde el hombre más buscado de Rusia, el checheno Doku Umarov, tiene su centro de operaciones. Teniendo en cuenta estos elementos quizás los movimientos de Rusia sean más cortoplacistas de lo que parecen y desde luego tienen una vocación más doméstica que internacional.

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