Siete meses ya en Nairobi…parece mentira, cómo pasa el tiempo.

La Cátedra de Refugiados y Migrantes Forzosos del Instituto Universitario de Estudios sobre Migraciones (IUEM) de la Universidad Comillas con el apoyo de INDITEX  continúa con su programa de contrato en prácticas profesionales remuneradas. El programa está dirigido a alumnos del Máster Universitario en Cooperación Internacional al Desarrollo y del Máster Universitario en Migraciones Internacionales del IUEM. Belén Rico esta realizando las practicas en el Servicio Jesuita a Refugiados (JRS) en Nairobi (Kenia), desde allí comparte sus primeras impresiones sobre su experiencia ¡No te lo pierdas!

Por Belén Rico

Podría hablar de muchas cosas, como de esas diferencias con la que toda persona blanca o mzungu nos sentiríamos identificados, el seminario sobre Salud Mental y Asistencia Psicosocial (MHPSS en sus siglas en inglés) que tuvimos en Nairobi con gente de JRS de todos los continentes…pero, llegados a este punto creo que puede ser más interesante escribir sobre mi visita a los proyectos de JRS en Uganda. Es difícil de resumir y de transmitir, pero lo voy a intentar.

Estuve en marzo con un equipazo compuesto por dos personas de JRS EEUU y una de la Oficina Internacional en Kampala, la capital de Uganda y en Adjumani y en Moyo, zonas del norte del país, cerca de la frontera con Sudán del Sur, donde se encuentra el mayor número de asentamientos de refugiados.  En Uganda no hay campos de refugiados, sino asentamientos, que son recintos abiertos como pequeñas aldeas donde comunidad de acogida y personas refugiadas conviven.

Uganda es uno de los países que tiene unas políticas sobre refugiados y migrantes más progresistas en el mundo centradas en la integración. Las personas refugiadas tienen libertad de movimiento, pueden acceder al empleo y establecer negocios. También pueden obtener con cierta facilidad la documentación necesaria y acceder a servicios públicos como la educación, atención médica o la justicia. A su llegada al país se les asigna una pequeña parcela de tierra donde construir sus casas y cultivar alimentos. También se les proporcionan materiales y herramientas para ello.

Actualmente Uganda acoge a una de las mayores poblaciones de personas refugiadas y solicitantes de asilo en el mundo, aproximadamente a  1 millón y medio de personas, de las cuales más de 1.000.000 son de Sudán del Sur. El resto provienen de RDCongo, Burundi, Somalia, Ruanda y otros.

Pero, ¿hasta cuándo durará la generosidad de este país? No todo es tan idílico como parece. Nadie puede negar que comparado con otros países su política sobre refugiados y migrantes sea más abierta, pero también esconde muchos intereses ocultos. Está habiendo mucha tensión entre población local y refugiada, incluso se han registrado casos de ugandeses que se han hecho pasar por refugiados para conseguir soporte de ONGs, según Aljazeera. Además, por parte de los países del Norte Global está claro que conviene retener a estas personas en países cercanos a los de origen para evitar que crucen a Europa. Para el Gobierno ugandés sin duda sirve como cortina de humo para evitar la atención en sus tendencias semi autoritarias y su posible vinculación con el conflicto en Sudán del Sur. Otra cosa, por supuesto, es el nivel de corrupción que existe en el país. Justo antes de viajar allí, salió a la luz un escándalo sobre cómo se habían inflado los números de personas refugiadas registradas en el que se vieron envueltos, el Gobierno, agencias de la ONU y diferentes Organizaciones. Después de eso, se inició una investigación y un recuento adecuado de las personas refugiadas.

Aparte de esto, voy a intentar reflejar mis impresiones de esta visita después de haber pasado unos 15 días allí, que por supuesto no puedo decir que lo haya conocido, sólo me he acercado a ciertas situaciones y realidades.

Uganda es un país muy verde, me acuerdo que lo primero que se me pasó por la cabeza fue: ¿Cómo puede existir en este país tanta hambre si no parece que tengan problema de escasez de alimentos? La tierra es muy fértil y todo está lleno de árboles y tubérculos que crecen por todas partes. Plátanos, mangos, guayabas, aguacates, casava (yuca), boniatos…Pero como siempre, está claro que no falta comida, otra cosa es quién tenga acceso a ella.

Nosotros viajamos en furgoneta al norte desde Kampala, fueron 10 horas de viaje en las que no podía parar de mirar por la ventana observando cada detalle, esas masas de árboles uno detrás de otro, muchos niños solos andando por la carretera (muchos sin zapatos), mucha gente vendiendo carbón, verduras, casava o cañas de azúcar en puestos o vendiendo snacks a los viajeros por las ventanillas. Entornos donde, me imagino que como en muchos países de África, se ven a mujeres cargando sobre la cabeza kilos de fruta o leña, mientras llevan a su hijo o hija en la espalda atadas con una tela y las manos las ocupan, a veces dándole la mano a otro hijo o cargando más cosas.

Una vez en Adjumani, lo primero fue reunirse con diferentes personalidades del Gobierno, el ACNUR y diferentes organizaciones. Luego nos centramos en visitar los diferentes colegios a los que JRS apoya.

Adjumani y Moyo cuentan con 20 asentamientos donde viven aproximadamente 400.000 personas refugiadas y solicitantes de asilo. En esta zona del país, el 64% de la población son niños menores de 18 años y el 54% son niñas y mujeres. La población local y los refugiados viven prácticamente con las mismas condiciones, incluso hay localizaciones en las que la población refugiada es mayor que la población local. Ambas comunidades en su mayoría viven en tukuls, casas de adobe con el tejado de paja y los que tienen más recursos utilizan ladrillos.

 

En la zona de Adjumani, JRS apoya a colegios de educación secundaria (privados, públicos y creados por la comunidad) aportando becas de estudios a estudiantes y materiales como libros de texto, formación a profesores y educación sobre higiene femenina además de distribuir compresas menstruales. También se imparten cursos de educación sobre paz y reconciliación en la que se incluye a población local y refugiada, como en todas las actividades. En Moyo, las actividades por ahora se centran en la construcción de infraestructuras adecuadas para los colegios. Todo ello, con el objetivo de que población de acogida y refugiada tengan acceso a una educación secundaria y profesional de calidad, protección social y coexistencia pacífica.

Una de las cosas más interesantes e inspiradoras que creo que hay que destacar son los colegios creados por la comunidad, a veces local, a veces refugiada. Estos colegios nacían de la necesidad con la que se encontraban algunos niños, ya que en algunos casos el colegio más cercano se encontraba a bastantes kilómetros de distancia (a los que tenían que ir andando) o los padres no se podían permitir las tasas escolares. Padres, profesores y gente de la comunidad vieron la necesidad y decidieron organizarse y empezar a dar clases ellos mismos a sus hijos, poco a poco fueron consiguiendo soporte del Gobierno y de Organizaciones. Las clases en estos colegios están abarrotadas, incluso a veces te encuentras niños fuera participando desde el hueco de la ventana…es abrumador. A veces los profesores no reciben el salario pactado y dejan de venir a dar clase, lo que tiene un efecto negativo en los chicos y chicas. Por ejemplo, en el colegio de Pagirinya, hay más de 800 alumnos y alumnas y esperan seguir recibiendo muchos más debido a las fluctuaciones de gente que huye de Sudán del Sur. Hoy por hoy no tienen espacio suficiente, se encuentran con muchas dificultades pero piensan que si no les acogen, ¿a dónde van a ir? Ellos, al menos, no pierden la esperanza de que el Gobierno pueda tomar las riendas pronto.

Algo que escuché de varios ugandeses que me gustó mucho es que acogían con los brazos abiertos porque están agradecidos, ya que hace años cuando Uganda estaba en guerra, fueron los sursudaneses los que les acogieron a ellos y sienten que ahora es su momento de corresponderles.

Niños y niñas jugando en el Colegio de secundaria Pagirinya, que empezó siendo un colegio creado por la comunidad, apoyado ahora por JRS. 

 

Pero lo que más me impactó fue la situación de la mujer y la falta de acceso a la educación, igualmente más pronunciada para las niñas y mujeres. Son cosas que sabes, has leído sobre ello y te lo han contado, pero verlo es todavía más frustrante. En todos los colegios que visitamos apreciamos un nivel de inequidad enorme. Muy pocas niñas acceden a la educación y las que lo hacen, están en condiciones inferiores, no se les da voz, siempre en un segundo plano. Nos encontramos niñas en los primeros cursos pero, según van pasando los cursos, el número va disminuyendo o incluso desapareciendo. En cuanto al número de profesoras también en proporción es bajísimo, así que las niñas se encuentran indefensas o poco apoyadas con determinados temas como la menstruación. Faltan a clase porque no tienen nada que ponerse, están recibiendo 10 compresas por trimestre, y no todas las niñas. Piensa lo que eso significa, aproximadamente tres compresas por mes…no hay palabras. Y no sólo eso, las niñas nos decían que las compartían entre varias.

Las razones por las que se excluye a las niñas del acceso a la educación tienen que ver con un factor cultural, las niñas se ven envueltas en matrimonios forzados (normalmente con hombres mucho mayores) o en embarazos tempranos. También se asocia que las mujeres y niñas son las encargadas de las tareas del hogar. Otra de las razones son las condiciones económicas de las familias, por las que se prioriza la educación de los chicos a la de las chicas. Es fundamental crear conciencia y sensibilizar sobre esto.

Relacionado con esto, fue muy bonito visitar un colegio privado (internado) sólo de chicas, St. Mary Assumpta. Creo que a todo el grupo nos conmovió la bienvenida que nos hicieron, con canciones y bailes, pero sobre todo un discurso que hizo Sarah, una estudiante de Sudán del Sur, en el que animaba a sus compañeras (a las que consideraba las futuras líderes, médicos y abogadas del futuro) a estudiar, a decir ‘no’ a los matrimonios forzados, a decir ‘no’ a tener hijos a edad temprana. “Si educas a una niña, educas a toda una nación. La educación es el arma que nos puede hacer cambiar el rumbo de nuestro mundo, no como las armas que usan en mi país.”

Sarah, una estudiante empoderada de Sudán del Sur del colegio St. Mary Assumpta, Adjumani.

 

Sobre el proyecto de JRS en Kampala puedo decir que al ser un entorno urbano es muy diferente. JRS apoya en educación primaria y secundaria, imparte clases de inglés para adultos y talleres profesionales (peluquería, artesanía, cocina, diseño de moda y de reparación de aparatos electrónicos), que puedan servir de puerta de entrada al mundo laboral. También se asiste con artículos de primera necesidad sobre todo para personas recién llegadas. La gente normalmente necesita apoyo psicosocial, con el que cuenta la oficina pero a pequeña escala por falta de fondos. La mayoría llega al país con traumas o habiendo sobrevivido a abusos, en muchos casos sexuales, y necesitan apoyo psicológico y psicosocial. Es una pena ver que aunque sea muy importante, no es fácil obtener financiación para este tipo de actividades o servicios y por la simple razón de que es difícil visibilizar el impacto que esto tiene en las personas.

En Kampala visitamos a varias personas que habían formado parte del proyecto anteriormente y que habían conseguido empezar una nueva vida en esta ciudad.

Una de ellas fue Jeannete, una mujer congolesa que huyó de su país con su marido y sus ocho hijos. Conoció a JRS a través de otra amiga congolesa y empezó a asistir al curso de inglés, mientras su familia y ella comenzaban un negocio de venta de telas africanas. Más tarde, se inscribió también en el curso de conocimientos empresariales, lo que le permitió mejorar su negocio en materia de contabilidad, por ejemplo, e incluso ahora tiene la idea de incluir servicios de sastrería al negocio. También recibió un préstamo sin intereses que le permitió pasar de un pequeño puesto en una zona apartada, a un espacio más grande en el centro de la ciudad.  Aunque sigan enfrentándose con retos, Jeannette y su familia son un ejemplo de cómo conseguir una nueva vida en una ciudad que no es la suya, Kampala. La tienda se ha convertido en un negocio familiar, en el que Jeanette y su marido trabajan y sus hijos ayudan después del colegio.

Jeannete, una mujer emprendedora congolesa, en su tienda de telas africanas en Kampala.

 

 

Durante estos días, aprendí mucho de la gente que me encontré allí por el camino y pude ver el buen trabajo que se hace en los proyectos de Uganda. Pero a la vez, son de esos viajes que te abren la puerta a cuestionarte desde muchos puntos de vista. Aparecen muchas dudas. Cosas maravillosas que había aprendido en el Máster de Cooperación Internacional con las que iba en mente, que por supuesto en la práctica no se dan, etc. Igualmente, sigo mi camino llevándome estos aprendizajes en la mochila.

Me quiero quedar con lo bueno, no olvidándome de los inconvenientes, por supuesto. Me quedo con que el buen trabajo de la gente, aporta en mayor o menor medida algo a otra gente. Es toda una motivación ver cómo hay gente que ha participado en los proyectos y que esto, les brindó una oportunidad o les dio un empujón para poder asentarse y empezar una nueva vida en un país que no es el suyo. Todo esto me transmite esperanza.

Cuando estuvimos en St. Mary Assumpta, el internado de chicas, el director de JRS Uganda me pidió que dijera unas palabras. Allí, había un árbol precioso y hubo un momento en el que Sarah en su discurso, mirándolo, dijo algo así sobre la educación: “No podemos trepar un árbol de arriba abajo, hay que empezar desde abajo. Hemos empezado a trepar el árbol, pero estamos todavía en el medio, todavía no hemos alcanzado los frutos maduros del árbol. La educación que necesitamos es la superior, pero necesitamos apoyo para poder alcanzar esos frutos”.

Mientras escuchaba a Sarah y a las demás chicas, me hizo reflexionar y pensar en lo que me transmiten los árboles. Así que me salió hablar de algo relacionado. No me quería centrar demasiado en las tremendas dificultades que me imaginaba que se habían podido encontrar en su vida, por lo que intenté transmitir algo parecido a la siguiente idea, en definitiva, que siguieran luchando por tener esa educación y que no perdieran la esperanza.

Les dije que para mí un árbol cualquiera me hacía pensar en lo que yo interpreto por el árbol de la vida (aunque se le puede dar muchos significados dependiendo de cada situación). En este caso, me hacía pensar en las diferentes posibilidades u oportunidades que tenemos en la vida y que eso me transmitía esperanza. Hay muchas ramas por recorrer… Cada rama es una nueva oportunidad. Una rama puede ser lisa o espinosa. El camino a través de ella puede ir bien o mal, nunca lo sabrás, pero siempre tendrás la posibilidad de volver y probar a recorrer otra (aunque a veces parezca tan fina que parezca imposible). Todas estas ramas están conectadas por un tronco central, que es una sólida base con raíces que nos puede aportar muchas cosas como por ejemplo, la fuerza para recorrer estas ramas. En este caso, esta base puede ser la educación.

 

Me fui de Uganda cuestionándome mucho pero con esperanza, mucha esperanza en que existen posibilidades y oportunidades para todas las personas y que la educación puede ser la base que contribuya a que esas oportunidades ocurran. Igual que sabía exactamente, que delante de mí en ese colegio, se podían encontrar las futuras líderes, médicos y abogadas de sus países.

 

 

 

 

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