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Debatir sobre el debate

El artículo que hoy presentamos, publicado el pasado octubre en la sección de Opinión del diario The New York Times, circuló como enlace a su versión original en Facebook en la página de referencia del debate en España, “Orgullosos de ser debatientes”, título que no por casualidad viene seguido de la afirmación “y mucho mejor que nuestros políticos”. Si bien habla muy concretamente de “debate escolar”, todo lo que dice es aplicable al universitario: podríamos hablar perfectamente, como hace en algún momento, de “debate estudiantil” para sintetizar ambos en una sola denominación.

Lo hacemos traducido para hacerlo más accesible con el propósito de discutirlo pormenorizadamente y, de ese modo, debatir también los pros y contras de los distintos formatos, no ya en la esfera de la enseñanza y el aprendizaje sino en la vida pública, sobre todo en la política. Podría ser, por ende, un buen tema de debate para una competición.

Esperamos, por todo ello, vuestros comentarios, sesudos o sabrosos, y en un par de semanas volveremos sobre el asunto, añadiendo más textos, unas cuantas observaciones y hasta algunas conclusiones.

El artículo original en inglés:  https://www.nytimes.com/2019/10/12/opinion/sunday/school-debate-politics.html

¿Son malas las competiciones de debate para nuestro discurso político?

Autores: Jonathan Ellis, Francesca Hovagimian; Traducción: Pablo Carbajosa

¿Qué tienen en común figuras políticas como Ted Cruz [senador ultraconservador republicano por Texas], Steve Bannon [ideólogo de la “alt-right” norteamericana y antiguo asesor de de Donald Trump], Karl Rove [consejero y estratega politico y electoral de Geoge W. Bush] y Richard Nixon [presidente entre 1969 y 1974] con políticos progresistas como Elizabeth Warren [senadora por Massachusets, figura de la izquierda del Partido Demócrata y candidato en las pasadas primarias], Andrew Yang [empresario de éxito y candidato demócrata en las últimas primarias], Kamala Harris [senadora por California y candidata demócrata en las últimas primarias] y Bill Clinton [presidente entre 1993 y 2001]? Todos afinaron sus habilidades de retórica, razonamiento y persuasión en equipos de debate escolares.

No es ninguna sorpresa. Distinguirse en el debate escolar abre muchas puertas académicas y profesionales, confiriendo prestigio y subrayando aptitudes verbales y lógicas de excepción. Algunas de esas habilidades se pondrán sin duda en juego el martes en el debate de las primarias presidenciales.   

Pero si bien el debate escolar puede ser bueno para los que aspiran a ser políticos, puede que no sea bueno para nuestra política. Sobre todo, puede contribuir a la naturaleza cerrada, partidista e interesada de buena parte de nuestro diálogo público y político de hoy en día. 

¿Por qué? Pues porque el debate escolar refuerza y recompensa en última instancia el razonamiento sesgado.

En las competiciones tradicionales de debate, a los equipos se les asigna al azar que argumenten una postura u otra respecto a una cuestión. En cada ronda se le adjudica a un equipo la postura a favor — por ejemplo, “Deberían legalizarse las drogas recreativas” — y al otro equipo la postura en contra. Eso significa que los equipos empiezan con una conclusión, ya sea que la respalden o no, y trabajan hacia atrás a partir de ahí, reuniendo los mejores argumentos que puedan concebir para hacer que esa conclusión quede en lo más alto. 

La meta no estriba en determinar el enfoque más razonable e imparcial respecto a una determinada cuestión, sino defender una determinada afirmación a cualquier precio. Se trata de un ejercicio no de deliberación sino de razonar de acuerdo con un orden del día.   

Resulta asimismo que es ésta la clase de argumentación que encontramos tan corrosiva en la política de hoy. Políticos y comentaristas especializados mantienen una opinión que favorecen y que recalcan luego con la información que la refuerza. Las evidencias que amenazan esa postura se racionalizan para descartarlas. Se buscan y se magnifican los problemas de la visión contraria.

Esta crítica no es nueva. El filósofo y lógico Willard Van Orman Quine sostenía que el debate escolar eleva “la meta de la persuasión por encima de la meta de la verdad” y que la fortaleza del buen debatidor “no reside en la curiosidad intelectual ni en la disposición a la persuasión racional por parte de otros, sino en su habilidad en defender una idea preconcebida pase lo que pase”.

El debate escolar refuerza este modo de razonamiento. Al celebrar a quienes están más versados en ello, los colegios lo presentan como forma modélica de pensamiento.

No se nos malentienda. Este estilo de razonamiento puede resultar útil. La defensa legal, por ejemplo, lo demanda a menudo. Y al prepararse para argumentar ambas posturas en torno a una pregunta, como se hace en el debate escolar, se puede llegar a tener una valiosa perspectiva sobre el tema en cuestión. Se desarrolla la capacidad de abordar un tema desde diversos ángulos. Podría incluso aprenderse la lección crucial de que en un punto de vista contrario hay a menudo más de lo que parece en un principio.

No obstante, el debate escolar tradicional disuade de la clase de escucha y razonamiento que son cruciales para una democracia sana. Los debatidores estudiantiles no deliberan acerca de lo que ellos mismos creen o deberían creer. No cultivan su disposición a escuchar a los demás con una verdadera posibilidad de cambiar de idea. Por el contrario, practican la escucha con oídos de águila para lanzarse a oponer objeciones. En lugar de acrecentar su comodidad ante el hecho de estar equivocados, pueden ahondar en una actitud de certidumbre.

El debate escolar no tiene que ser así, sin embargo. De hecho, muchas escuelas de todo el país van gravitando hacia formas de debate que establecen las metas de verdad y comprensión por encima de la meta de la persuasión. Buen ejemplo de ello es la Ethics Bowl.

En la Ethics Bowl, creada a nivel interescolar en 1993 y en los institutos en torno a 2012, a un equipo se le adjudica una pregunta — no una declaración o conclusión, como en un debate tradicional  — sobre un tema polémico, tal como “¿Cuándo resulta moralmente permisible el uso de drones militares?”. El equipo presenta y defiende la conclusión a la que haya llegado en su deliberación. Un equipo oponente y un panel de jueces plantean preguntas y suscitan problemas potenciales, a todo lo cual responde el primer equipo. 

A veces los equipos se encuentran en buena medida de acuerdo. Cuando es el caso, el ganador es el equipo que realiza el mejor trabajo de articular su razonamiento, su escucha y sus respuestas a las preguntas, y de hacer progresar la comprensión colectiva de la cuestión en disputa.  

Pero la discrepancia es frecuente en el Ethics Bowl, y los debates son animados. Eso está bien. Al fin y al cabo, el disentimiento y el desacuerdo animados son sellos distintivos de una democracia saludable. La discrepancia entre ciudadanos son cosa inevitable, se trate de política, de moral, educación, religion, de casi todo. Lo que resulta crucial es de qué modo discrepamos, y cómo dialogamos y deliberamos con aquellos con los que discrepamos.

Precisamente es cuando discrepamos cuando resulta más crucial que nuestro pensamiento sea claro y que nuestro diálogo sea comprensivo y escrupuloso. Pero es también al discrepar cuando es más probable que nos mostremos irritados, a la defensiva e impacientes. Cuanto más hay en juego en la conversación, más difícil resulta mantenerse sereno, reflexivo, abierto a admitir estar equivocado y dispuesto a tomar en cuenta las justas razones de la otra parte.

Discrepar de manera constructiva es toda una habilidad, una de las más importantes que hay. Al animar a los estudiantes a practicar esta destreza, el Ethics Bowl fomenta la que puede ser la virtud intelectual más importante de todas: estar abierto a cambiar de parecer.

Existe en nuestra cultura una suerte de estigma respecto a cambiar de parecer, sobre todo en política. Si cambias, a menudo te van a ver como alguien endeble o te van a tachar de “veleta”. El problema es que agarrarse de manera resuelta a una creencia frente a objeciones sólidas o pruebas en contrario interrumpe el diálogo. Resulta dogmático y es una terquedad. Tener el valor de reconocer que puedes estar equivocado, por otra parte, contribuye a hacer que el diálogo avance hacia una resolución con sentido.

En este momento político aparentemente fracturado, el futuro de nuestro país puede depender de que nuestros políticos se sientan más cómodos haciendo esto.

Jonathan Ellis es profesor asociado de Filosofía, director y fundador del Centro de Filosofía Pública (Center for Public Philosophy) de la Universidad de California, en su campus de Santa Cruz. Francesca Hovagimian ha sido participante y preparadora de Ethics Bowl, y es estudiante de Derecho de la Universidad de California, campus de Berkeley.

The New York Times, 12 de octubre de 2019

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