La educación inclusiva: de la curiosidad a la naturalización

Agradecemos esta entrada a nuestro colaborador Iago Pérez Santalla.

Paulo Freire define en 1997 la curiosidad:

“Como inquietud indagadora, como inclinación al desvelamiento de algo, como pregunta verbalizada o no, como búsqueda de esclarecimiento, como señal de atención que sugiere estar alerta, forma parte integrante del fenómeno vital. No habría creatividad sin la curiosidad que nos mueve y que nos pone pacientemente impacientes ante el mundo que no hicimos, al que acrecentamos con algo que hacemos”. (p.33)

Partiendo de esta definición y considerando que la curiosidad es un arma básica del saber, la educación inclusiva debe sembrar la curiosidad del alumnado por la diferencia de forma que el ansia de conocimiento lo lleve a compartir distintas perspectivas que generan una diversidad humana digna de ser conservada, promovida y por supuesto de ser integrada en el saber universal de la humanidad.

Si echamos un vistazo a nuestra historia la curiosidad es una brújula vital que de alguna manera ha guiado y guía la evolución de la humanidad. Al mismo tiempo ha sido y es la gran enemiga de aquellos que conciben la educación como un arma del autoritarismo para engendrar personas a la medida de sus necesidades. Quizás por esto existen mitos como el de Eva y Adán donde la curiosidad recibe el peor de los castigos por ser el fruto del “Árbol de la Ciencia del Bien y del Mal”. Tomar el fruto de ese árbol supuso la conquista de la libertad, del derecho a no ser tutelado y de la capacidad de repensar, construir y deconstruir nuestro espacio vital y nuestra sociedad. El abandono del tutor supone el ejercicio de la propia voluntad, por eso el árbol de la ciencia es una oportunidad infinita de crear y mejorar como seres humanos.

La curiosidad nace con nosotros, forma parte de nuestra naturaleza y, como bien dice Paulo Freire, es una gran herramienta para generar inquietud y una conducta exploratoria que nos lleva al conocimiento.

La educación inclusiva también tiene en la curiosidad su primera gran herramienta al ser la impulsora que nos lleva a interaccionar con la diferencia.

Si nos fijamos en los niños, nacen exentos de prejuicios lo que los capacita para interaccionar sin miedo a lo desconocido con la diferencia, sea del tipo que sea. Al igual que Eva en el Paraíso, no ven prejuicios ni comprenden barreras, sólo distinguen al ser humano y aceptan lo distinto sin mayores complicaciones. El gran reto de la educación inclusiva es naturalizar la diferencia a través de la curiosidad y convertirla en una parte integral de la vida colectiva de las nuevas generaciones tal y como se refleja en el siguiente cuadro:

esquema naturalizacion, conocimiento y curiosidad

La conducta exploratoria del ser humano lo lleva a indagar y sobre todo a preguntar, por eso es fundamental responder a todas las preguntas que el niño haga sobre la diversidad, sea ésta del tipo que sea, fomentando en todo momento la interacción positiva con la misma. En estas preguntas la infancia está demandando su acceso al conocimiento a través de una conducta exploratoria que ansía tanto el saber como la interacción.

El conocimiento se produce entonces de un modo socioafectivo que naturaliza la diferencia hasta convertirla en una parte integral de nuestra propia identidad.

La curiosidad es un ilímite compartido por toda la humanidad y en él se desvela una naturaleza inclusiva que poco a poco el desarrollo de la sociedad fue castrando. Esta castración supone la formación y las transmisión de prejuicios que sin embargo jamás formaron parte de la naturaleza humana.

Volver a la curiosidad inicial que llevó a Eva a morder la manzana del Saber supone abrir la mente al conocimiento buscando las respuestas para construir nuevas realidades. La inquietud de la curiosidad es el camino de la inclusión en el que se teje un mosaico de formas de vida donde cada persona es una fuente de saber. Quizás los frutos perennes de aquel Árbol de la Ciencia del Bien y del Mal cuyas raíces nos puedan impulsar al conocimiento infinito que el ser humano guarda individual y colectivamente; un conocimiento transformador que puede ser el necesario cimiento de la inclusión.

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