¿La imparable marcha de África hacia la democracia participativa? Una mirada desde Etiopía, por Elsa Aimé

África está experimentando una marcha imparable hacia la democracia participativa.” Lo afirmaba recientemente Ellen Johnson-Sirleaf, expresidenta de Liberia, al recoger el Mo Ibrahim Prize for Achievement in African Leadership. En los últimos tiempos se han dado importantes movimientos sociales no violentos como Y’en a Marre en Senegal, Balai Citoyen en Burkina Faso, o Lucha en República Democrática del Congo, para reclamar un cambio democrático. Los dos primeros fueron decisivos para la salida de los presidentes Abdoulaye Wade y Blaise Compaoré, el tercero no cesa en su empeño de sacar a Joseph Kabila del poder.

Cambios de Gobierno en el continente africano

En los últimos tiempos se han dado en África varios cambios de Gobierno pacíficos. Ha ocurrido recientemente en Gambia, cuando en enero de 2017 el presidente Yahya Jammeh fue expulsado del Gobierno tras perder las elecciones frente a Adama Barrow. También ocurrió en Ghana el mismo mes cuando Nana Akufo-Addo ganó los comicios frente al entonces presidente John Mahama. En Angola, Eduardo dos Santos perdió las elecciones de agosto de 2017. En noviembre de ese año en Zimbabwe el Ejército apartó al histórico Robert Mugabe de la jefatura del Estado. En Liberia, en enero de 2018 fue George Weah quien llegó a la presidencia tras unos comicios. Y en febrero, en Sudáfrica Jacob Zuma se vio forzado a dimitir por su propio partido mientras que en Etiopía Hailemariam Desalegn anunciaba su dimisión.

Estos son algunos ejemplos de los cambios de Gobierno que se han producido en África en los últimos meses. Johnson-Sirleaf no peca sin embargo de optimista y advertía también del largo camino por recorrer para institucionalizar la democracia en el continente. De hecho, los ejemplos mencionados son reflejo de tendencias diferentes. En Gambia, Ghana o Liberia los cambios de Gobierno también han sido cambios del partido en el poder. Por el contrario, en Zimbabwe, Etiopía, Angola y Sudáfrica son cambios de líder pero no de partido, en el poder desde 1980, 1991, 1992 y 1994 respectivamente. Además, no siempre han sido fruto de unas elecciones. Existen por ello dudas sobre el significado de estos cambios y su impacto en la transformación política del continente. Sin embargo, hay cierta percepción de que algo está cambiando. Etiopía es un buen ejemplo de la ambivalencia que rodea estos cambios.

La llegada de Abiy Ahmed en Etiopía

En 2012, Hailemariam Desalegn fue nombrado primer ministro tras el fallecimiento de Meles Zenawi, en el poder desde 1991 con la caída del Derg y uno de los principales artífices de la instauración del nuevo régimen político, la República Democrática Federal de Etiopía (RDFE). A pesar de haber validado formalmente su mandato con las elecciones de 2015, Hailemariam tuvo que hacer frente a las tensiones políticas que atraviesa el país como consecuencia de la falta de representatividad democrática y de las crecientes demandas políticas, económicas y sociales. Ello sumado a su débil posición en el seno del partido en el Gobierno desde la última transición política —el Frente Democrático Revolucionario del Pueblo Etíope (FDRPE)— le llevó a dimitir el 15 febrero de 2018, hecho insólito en la historia del país.

Un día antes, habían sido liberados varios presos políticos, víctimas de un Gobierno autoritario que ha consolidado su férreo control desde las controvertidas elecciones de 2005, y más aún desde el estallido de las protestas oromo en 2014. Un día después, el Gobierno volvía a decretar el estado de emergencia para evitar cualquier nueva manifestación pública del descontento social. Dos medidas aparentemente contradictorias, de apertura y cierre del régimen, que reflejan las incógnitas sobre el futuro político del país.

En este contexto llegó Abiy Ahmed Ali a la jefatura del Gobierno etíope. Su nombramiento el pasado 2 de abril como primer ministro de la RDFE suponía el segundo cambio de jefe de Gobierno en seis años, sin convocar elecciones. Una estrategia que a todas luces busca relegitimar al FDRPE, atajar la multiplicación de frentes de oposición al Gobierno y, eventualmente, iniciar una reforma política. A pesar de que el objetivo último sea mantenerse en el Gobierno, este proceder refleja la creciente dificultad para imponer la autoridad desoyendo las demandas pacíficas por un sistema representativo, redistributivo, e inclusivo.

Etiopía, ¿reforma política y/o relegitimación del partido?

Dos meses después del nombramiento Abiy, parece que algo realmente se está moviendo en Etiopía, no solo por la intensa actividad del primer ministro sino porque sus primeras medidas están cargadas de significado, tanto en el plano político interno como internacional. Para muestra un botón. El pasado 5 de junio el Parlamento etíope resolvió levantar el estado de emergencia, dos meses antes de lo previsto. El anterior estado de emergencia, decretado en octubre de 2016 para reprimir las revueltas sociales que se estaban multiplicando en el país, y en particular en el estado de Oromía, se mantuvo durante un periodo de 10 meses. Pero además, ese mismo 5 de junio Etiopía declaraba aceptar sin condiciones los Acuerdos de Argel del año 2000, que pusieron fin al enfrentamiento armado desde 1998 con Eritrea, aunque no resolvieron las tensiones entre los dos países, que han marcado profundamente la política regional de las dos últimas décadas.

Estas dos medidas parecen mostrar la voluntad del Gobierno de mantener unas relaciones pacíficas tanto con el conjunto de la sociedad etíope como con sus vecinos y hermanos. La primera medida ha sido posible por los gestos que ha tenido Abiy, dialogando por ejemplo con líderes de la oposición en Etiopía y en el exilio y prosiguiendo la liberación de presos políticos, y que al menos de momento ha permitido contener las protestas. La segunda medida se inscribe en línea con una política exterior muy activa, que busca diversificar socios, consolidar relaciones, y afianzar más aún si cabe la imagen de Etiopía como el Estado clave del Cuerno de África, del que depende la estabilidad de la región. Un discurso y una imagen fundamentales para mantener los apoyos internacionales.

Es pronto para anticipar hacia dónde evolucionará este reformismo, y si logrará realmente dar un golpe de timón que revierta la deriva autoritaria del régimen político para avanzar hacia un sistema democrático. Abiy tendrá que hacer frente a serios obstáculos como la oposición de sectores de su propio partido y de algunos sectores de la sociedad, descontentos por ejemplo con la nueva posición sobre el conflicto con Eritrea; también a la falta de una oposición sólida, consecuencia de años de autoritarismo, pero necesaria para cualquier democracia. La prueba de fuego serán sin duda los comicios de 2020 en los que Abiy podrá validar su mandato, pero en todo caso, como recordaba Johnson-Sirleaf, lo determinante no son solo las elecciones sino también lo que sucede antes y después de las mismas.

 

 

Elsa Aimé González es Profesora Colaboradora Asociada del Dpto. de Relaciones Internacionales de la Universidad Pontificia de Comillas y Doctora por la Universidad Autónoma de Madrid. Es asimismo Coordinadora del Panel de Investigación sobre África Subsahariana de la Fundación Alternativas, e investigadora del Grupo de Estudios Africanos de la Universidad Autónoma de Madrid. Su investigación se centra en la teoría e historia de las Relaciones Internacionales, y en la región de Cuerno de África como área de estudio.

Foto: Sidamo, Ethiopia

Deja un comentario