De los balseros del aire al éxodo por la desesperación. Situación de la emigración venezolana, por Pablo Biderbost

Hace siete años, escribí una columna para un periódico salmantino (el extinto El Adelanto) en la que comentaba que los venezolanos se habían convertido en los balseros del aire. Balseros es la denominación que, por lo general, reciben los ciudadanos cubanos que en pequeñas barcazas intentan alcanzar las costas de los Estados Unidos. La diáspora de la población venezolana a comienzos de esta década era descrita de esta manera debido a que, gracias a su nivel de ingresos, podía permitirse emigrar pagando un billete aéreo. En ese momento, los destinos preferentes eran Norteamérica, Panamá y, en el marco europeo, España. La salida de venezolanos implicó también inversiones en el exterior. En el caso español, sólo en el año 2013, los capitales de este país representaron, según información proporcionada por DataInvex de la Secretaria de Estado de Comercio, inversiones en torno a los mil millones de euros.

            En la actualidad, la salida de los venezolanos está aconteciendo fundamentalmente por tierra. A través de Colombia y Brasil, los ciudadanos de Venezuela están distribuyéndose a largo de todo el espacio sudamericano. El número de personas de esta nacionalidad en el exterior, de acuerdo a lo informado por el Observatorio de la Diáspora Venezolana, se encuentra en torno a los dos millones y medio. Tres son los factores que explican este proceso de éxodo. En primer lugar, se encuentra la hiperinflación y, como fenómeno asociado, la escasez de medicinas y alimentos en un país que es netamente importador de ambos tipos de productos. El país sudamericano, en base a estimaciones de la Asamblea Nacional controlada por la oposición, posee una inflación de alrededor de 6000 %. A su vez, el Fondo Monetario Internacional prevé que este año su economía se contraerá un 15 %.

            En segundo lugar, los niveles de inseguridad física que atosigan por igual a chavistas y opositores son también un catalizador de la emigración de venezolanos. Según el Barómetro de las Américas 2017, el 40,5 % de los venezolanos afirmó haber sido víctima de un delito durante el año pasado. Según informa Insight Crime, tuvieron lugar 58 homicidios cada 100.000 habitantes en este país durante 2016. El Consejo Ciudadano para la Seguridad Pública y la Justicia Penal ya había detectado, en su ranking de ciudades peligrosas del año 2015, que Caracas era la urbe más violenta del mundo (con 120 asesinatos cada 100.000 personas). La fortaleza de las bandas criminales, el enraizamiento de grupos de narcotraficantes, la situación de vulnerabilidad de vastos sectores de la población y la debilidad estructural de las fuerzas de seguridad (como consecuencia de la corrupción) son algunas de las razones detrás de este cuadro dantesco.

            Finalmente, un número creciente de venezolanos ha decidido emigrar por motivos políticos. La calidad de la democracia en este país se encuentra en mínimos históricos. La cantidad de presos políticos que, sin pasar por un debido proceso, se encuentran en cárceles venezolanas se ha disparado en los últimos años. 231 personas en esta condición son contabilizadas por el Foro Penal Venezolano. En este contexto, ACNUR, la agencia de Naciones Unidas que vela por la protección de los refugiados, ha recomendado en un documento dado a conocer el pasado mes marzo que los países americanos que estén recibiendo flujos de inmigrantes de este origen permitan el acceso a su territorio y que continúen adoptando respuestas adecuadas y pragmáticas orientadas a la protección. También los insta a que se consideren los mecanismos orientados a la protección que les permita una estancia legal a los ciudadanos venezolanos y ofrece, para ello, el asesoramiento técnico de la organización.

            El pronóstico a corto plazo es sombrío. La próxima celebración de elecciones presidenciales, a las que concurre sólo un sector minoritario de la oposición, puede actuar como estímulo para potenciar la salida de flujos de personas. Lo único que podría actuar como mecanismo temporal para paralizar parcialmente este éxodo es que el gobierno de Nicolás Maduro, luego de resultar victorioso en unos comicios que tiene ganados de antemano, declare la emergencia humanitaria y, en consecuencia, pueda recibir apoyo desde la comunidad internacional bajo los auspicios de Naciones Unidas. Mientras tanto, el hambre se extiende y se expanden con fuerza, según reporta la Organización Panamericana de la Salud, enfermedades previamente controladas como el sarampión, la difteria y la malaria. Todo esto acontece en la que alguna vez fue la Venezuela Saudita.

 

Dr. Pablo Biderbost. Profesor Asistente del Departamento de Relaciones Internacionales de la Universidad Pontificia Comillas. Ha sido scholar de la Swiss National Science Foundation. Es especialista en la dimensión política de los procesos migratorios, innovación pública, estrategias anticorrupción y política latinoamericana. Ha sido consultor para, entre otras organizaciones, OIM, UNESCO, BID, EULAC Foundation, UNODC, UNDP, Global Compact y Unión Europea.

Foto: Migrantes en la frontera de Venezuela en 2015. Agencia EFE.

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