La precariedad de pedir permiso, por Francisco Rebollo Bautista

Ha sido cuanto menos curioso ver una denuncia tan lúcida como la que el papa Francisco ha hecho en el prólogo de Poder y dinero, de Michele Zanzucchi: pese a haber recibido muchas críticas desde los sectores más conservadores, el sumo pontífice ha denunciado el aumento de la desigualdad y la precariedad a nivel global, criticando las nuevas formas de “capitalismo salvaje” (en sus palabras) que no han ayudado a generar ni a mantener un cierto nivel de cohesión social. No es la primera vez que el papa Francisco tira de la manta para decir lo que piensa. Tanto su primera exhortación apostólica cuando todavía era Jorge Bergoglio como su primera encíclica (de carácter medioambiental), ambas reflejan la preocupación por los principales desafíos de nuestro tiempo: la creciente desigualdad y el surgimiento de un mundo sin trabajo y aparentemente sin futuro.

Pudiendo parecer fatalista, no lo es. Porque la realidad es que la coyuntura en la que vivimos no parece auspiciar que el trabajo continúe siendo nuestra forma de subsistencia. En otras palabras, por la creciente ‘financiarización’ de la economía (un ejemplo, que Coca Cola decida que es más rentable invertir en activos que producir botellas en Fuenlabrada) y por la robotización, se pone en jaque el modelo laboral que tenemos desde que el mercado es mercado. Y es precisamente en estas mismas, en la lucha de trapecismos sin red, donde estamos ahora: la precariedad laboral como forma de vida. La precariedad se entiende como la inseguridad en aspectos del empleo como la duración, el nivel de ingresos y la autonomía que el trabajador, al vender su fuerza de trabajo, cede al empleador. Si encima añadimos los factores exteriores (mercado de trabajo, coyuntura macroeconómica, etc.) vemos que cada vez existe un menor control sobre nuestra manera de subsistencia y, por lo tanto, sobre nuestro futuro. Más que una crítica al modelo asalariado es una pregunta al viento: si no somos capaces de mantener o garantizar la cobertura ni la calidad del empleo, ¿qué futuro nos espera a los que vamos detrás?

El modelo económico parece divergir hoy en día de nuestros propios intereses. Uno de los principales argumentos es que son las plataformas sociales y actores del tercer sector (o con otro carácter independiente como es el propio Vaticano) los que tienen que protestar por nuestros derechos. Del FMI, por ejemplo, parece desconfiar la gran mayoría de la población argentina. Porque no es solo el hecho de que cada vez sea más difícil encontrar trabajo, sino que un porcentaje de la gente que lo consigue no tienen garantizada la subsistencia. Es decir: la pobreza coexiste perfectamente con un trabajo, y no queda viva una generación en los países occidentales que haya experimentado algo similar. Si tomamos la referencia de la gente que en la Encuesta de Población Activa contestó que, teniendo un trabajo a tiempo parcial busca trabajar más horas, nos encontramos con que uno de cada cuatro trabajadores quiere tener derecho a trabajar más. Este indicador, conocido como parcialidad involuntaria, solo refleja un porcentaje de la realidad y no permite ver a través de la segregación de la sociedad. Pero otro dato como el desempleo juvenil deja patente que una generación está ante la incertidumbre de los mercados y que esto ocurre a nivel global. Concretamente en el gráfico vemos las perspectivas del desempleo juvenil comparado entre España y la UE de los 27.

El movimiento de capitales que se prometió con la liberalización y el libre comercio parece no haber sucedido (o por lo menos así lo documenta Doogan con el estudio sobre la inmovilidad del capital en los países desarrollados y su acumulación especialmente en las ciudades, Standing con la nueva composición del mercado laboral tras la crisis y Rifkin sobre las perspectivas de la automatización y la pérdida de capital en el sector productivo). De acuerdo, el capital humano nos permite integrarnos dentro de la cosmogonía mundial y ser libres de nuestro propio destino. Pero lo normal es que en los destinos de la gente corriente no exista esa libertad que sí que tiene el capital. La ciudad como organismo vivo que atrae las inversiones reafirma esta tendencia: no solo por el aumento de la vulnerabilidad de la sociedad en su conjunto a pesar de reflejar un crecimiento económico que es puramente financiero (que aparece, entre otras cosas, en el porcentaje de la deuda)  sino como ausencia de alternativas al hecho de saber que todo trabajo que pueda realizar un algoritmo desaparecerá del mercado como oferta y como parte del acuerdo tácito de la socialdemocracia, o workfare. Si no podemos contribuir, ¿qué sucederá con nosotros? De momento, sería prudente acogerse a las advertencias del papa Francisco para tener alguna idea de lo que puede pasar en esta transición hacia una cuarta revolución industrial (o tecnológica). Porque tengamos o no un trabajo, seguiremos queriendo tener un futuro. Y en el mundo de hoy, las pocas alternativas que quedan disponibles necesitan de consensos que todavía no se han creado, así que el estar desempleado seguirá sin ser una excusa para no trabajar por sobrevivir.

Referencias

Doogan, K. (2013).New Capitalism. Hoboken: Wiley.

Rifkin, J. (2013). The third industrial revolution. New York: Palgrave Macmillan.

Rifkin, J. (2004). The end of work. New York, NY: Tarcher/Penguin.

Standing, G. (2011).The precariat. London: Bloomsbury Academic.

 

*Foto: Licencia Creative Commons

Francisco Rebollo es graduado en Relaciones Internacionales y Traducción e Interpretación. Tiene un máster en Políticas Públicas y Sociales por el Public Policy Center de la Universidad Pompeu Fabra y la Universidad John Hopkins y otro en Negocios Internacionales por la Universidad Europea Miguel de Cervantes. Actualmente es investigador de políticas públicas para temas de participación y nuevos modelos económicos.

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