Entender el populismo: América Latina en la encrucijada, por Javier Martín Merchán

Lidiar con la política ha sido siempre lidiar con las decepciones del pueblo. De hecho, no hay decepción más amarga que la de defender la inevitabilidad de aquello que uno nunca ha querido defender. Este es, sin duda, el caso del populismo. Un concepto que copa la atención del debate político contemporáneo y que, sin embargo, suele ser definido con palmaria imprecisión. Cuando se aplica a la paradigmática realidad latinoamericana, se suele hablar de la tradicional consolidación del populismo como mal endémico de la región. Si bien es cierto que tal afirmación no responde stricto sensu al ponderado análisis de la sustantividad populista, en tanto que preconiza el endemismo de un fenómeno que emerge hoy con fuerza en Estados Unidos y Europa, no menos cierto es que la vinculación entre populismo y América Latina resulta más que justificable. ¿Por qué? ¿Cómo? ¿Qué tipo de populismo?

El origen de la naturaleza del movimiento populista latinoamericano lo advirtió Antonio Gramsci allá por las primeras décadas del siglo XX. Sostenía el filósofo italiano que, en ciertos momentos de su vida histórica, los grupos sociales se separan de sus partidos tradicionales y, aunque este proceso es diferente en cada país, el contenido en todos ellos es el mismo: la crisis de hegemonía de la clase dirigente. Encontramos aquí la condición sine qua non,el populismo es incapaz de existir o, al menos, de prosperar. La crisis de la hegemonía, entendida esta última como el poder de las élites para convencer a los grupos subalternos de que sus intereses coinciden con los suyos, obteniendo, de esta manera, un consenso general que les incluye aun cuando sea de manera subordinada.

Estas crisis hegemónicas no surgen de repente, sino que epitomizan la materialización perentoria de una crisis orgánica previa en la que las élites se muestran incapaces de convencer a los ciudadanos de la coincidencia de intereses entre grupos divergentes. Es ahí donde el populismo encuentra el espacio perfecto para desarrollarse en plenitud, y así ha ocurrido en América Latina durante las últimas décadas. Las crisis de Estado latinoamericanasdesencadenaron en el colapso de los dispositivos administrativos de gobernabilidad. De esta manera, las instituciones no solo dejaron de funcionar, sino que, además, generaron vacíos de poder y provocaron la emergencia de poderes paraestatales.

Todo ello forjó la consolidación de un tipo de populismo que nada tiene que ver con el imperante en Europa o Estados Unidos. Le Pen y Trump, por ejemplo, distan bastante de líderes como Chávez, Evo Morales o Rafael Correa. En España, donde Podemos podría encarnar la mayor euro-aproximación teórica al populismo latinoamericano, nunca llegó a emerger de una crisis orgánica, de manera que las instituciones ni dejaron de funcionar, ni perdieron su legitimidad. Se deduce, por tanto, que el populismo euroamericano no deriva de ninguna crisis de Estado; tampoco de una crisis hegemónica, en tanto que sus líderes forman parte del Establishment que al mismo tiempo critican.

La derrota hegemónica de las élites y las crisis orgánicas enarbolan, pues, una fenomenología populista diferente. Una que tiende a encumbrar aquellos discursos que preconizan la constitución del pueblo como actor colectivo, así como una cierta dicotomización del espacio político. Es en este sentido que América Latina ha encarnado el mejor ejemplo de cómo, a partir de las condiciones examinadas, se puede generar discursivamente una identidad popular politizable electoralmente. Tal identidad, a su vez, no se enmarca en cualquier ámbito del espectro político, sino en uno muy concreto, respondiendo a lo que algunos denominan «populismo de izquierdas». He aquí la singularidad del caso latinoamericano.

En el momento en que la izquierda latinoamericana no supo responder al relato que le planteaba la derecha, comenzó a apreciarse la fulminación de la base y el sustrato social tradicionalmente de izquierdas. Esto, a su vez, creaba la necesidad de que estos actores se vieran representados en otro eje, uno que cuestionara el orden neoliberal preponderante y que, por tanto, ofreciera una alternativa de «los de abajo» frente a las crisis orgánicas. Es entonces cuando aflora la lógica de construcción de lo político (nosotros vs. ellos) en forma de populismo. Como las masas que dejan de verse representadas exteriorizan su sentimiento de que las élites han bombardeado su propia base social, el populismo aparece como la panacea estratégica que abre la oportunidad de construir un nuevo bloque histórico basado en el pueblo.

¿América Latina en la encrucijada? La construcción del «nosotros» en la narrativa discursivo-populista latinoamericana agrupa a las grandes masas populares apelando a un universal, a un interés general que se definiría por la democratización del Estado y la redistribución de la riqueza. La definición del «ellos», por su parte, identifica al enemigo de esas masas populares en la revolución neoliberal, la corrupción sistémica y la rebelión de los mercados. Así, en un momento de fragmentación de identidades, se podría discutir si, en efecto, el populismo constituye o no la respuesta adecuada a los problemas de la sociedad. El error vendría, sin embargo, al afirmar que el propio populismo constituye per seun problema, cuando éste no nace sino como respuesta a los auténticos problemas sociales, a un «ellos» muy bien acotado. Si América Latina está en la encrucijada, por tanto, no es por la emancipación de un populismo cuyo núcleo («nosotros») lo constituyen las ansias democratizadoras y redistributivas del pueblo, sino por el desarrollo de las desigualdades generadas por una revolución neoliberal que epitomiza el «ellos» populista.

Javier Martín Merchán es estudiante de Relaciones Internacionales y Traducción e Interpretación en la Universidad Pontificia de Comillas y ayudante de investigación en el Real Instituto Elcano. Ha colaborado como analista internacional, por medio de sus publicaciones, con la Fundación Konrad Adenauer, Incite Political Journal y E-International Relations. Con español, inglés, alemán y francés como lenguas de trabajo, también ha estudiado en la University of Surrey (Reino Unido) y la Freie Universität Berlin (Alemania). Actualmente colabora con el Jesuit European Social Centre en un programa de liderazgo e investigación en el marco de la Unión Europea.

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