LOS IDUS DE EUROPA, por Emilio Sáenz-Francés en Expansión

Toda Europa ha estado en vilo esta semana. Había un peligro real de que, en Holanda, en una de las grandes democracias del continente y un estado fundador del proyecto europeo se alzase con la victoria el partido populista radical de Geert Wilders.

Hubiese sido un nuevo revés para la Unión, tras el Brexit y tras la victoria de Donald Trump, que contempla a los populismos de derecha al otro lado del atlántico como sus aliados. Los resultados finales son un gran alivio para los que creemos en el futuro de Europa, y en los peligros de una política irresponsable, basada en respuestas fáciles y el recurso al miedo. Pero no son el final de la partida. Los resultados son en efecto una noticia positiva, en vísperas de las cruciales elecciones francesas, pero –mientras los analistas abandonan Ámsterdam apresuradamente- es necesario en cualquier caso ser muy prudentes, por varios motivos. En primer lugar, porque la pírrica victoria de Mark Rutte se ha producido en cierta medida por su hábil estrategia de canibalizar los argumentos del partido de Wilders, aunque en un tono mucho más moderado y creíble. La crisis diplomática entre Turquía y Holanda de los últimos días ha colaborado en fortalecer la imagen del primer ministro ante el electorado. Wilders por su parte cometió el error de perder la tensión de la credibilidad. Su propuesta de cerrar todas las Mezquitas holandesas, así como las fronteras del país, eran tan radicales como poco creíbles. Muchos electores han preferido apostar por el más acompasado discurso identitario de los liberales. Pero los argumentos en liza en la campaña han supuesto el flirteo de los dos principales partidos con las ideas del más radical de ellos.

En efecto, el problema de Holanda como una sociedad fragmentada, con profundas divisiones sobre el futuro del proyecto europeo y sobre su propia identidad, sigue en pie. Aunque los electores holandeses hayan dado una innegable lección de civismo en el proceso, los problemas y dudas del país continúan, y se materializarán para empezar en la formación de un nuevo gobierno que será sin duda compleja, y que tendrá que aunar por lo menos a cuatro de los principales partidos con representación. La paradoja de la historia es que, sin el factor del extremismo populista, el resultado de las elecciones hubiese sido visto como un desastre de la coalición de gobierno. Rutte ha perdido una parte importante de los apoyos, mientras que sus compañeros de viaje laboristas han sufrido un histórico descenso a los infiernos.

Por otro lado, incluso con una victoria del partido de Geert Wilders hubiese sido muy complicado, dado el sistema electoral holandés que hubiese podido formar gobierno. La situación es radicalmente distinta en Francia, donde “the winner takes it all”. Es cierto que el fenómeno Macron está al aza, y que así se está pudiendo matizar el desastre de la candidatura de François Fillon, pero en cualquier caso, nada de lo sucedido en Holanda cambia el panorama con respecto a las presidenciales galas.

Como se bromeaba en las redes ayer, Wilders deja a cargo del apocalipsis europeo a Le Pen. Y ahí está aún todo por decidir. Pueden suceder aún muchas cosas de aquí a las elecciones que potencien su candidatura. Y aunque en Holanda los sondeos han acertado casi de pleno el resultado final, eso no debe llevarnos a aceptar sin más noticias las esperanzadoras que recibamos del otro lado de los Pirineos. Después todavía quedarán por delante las elecciones alemanas, en las que –aunque no hay una alternativa populista con posibilidades de alcanzar el poder- habrá que estar muy atentos al desempeño de Alternativa por Alemania.

Mientras todo ello sucede –esquiva y engañosa- la marea de descontento continuará su curso a lo largo y ancho de todo el continente. En los países pequeños, los de la segunda velocidad europea, y también entre los grandes jugadores de la nueva etapa en la vida de la Unión Europea. Creer que ayer en Holanda se ha cambiado el curso de dicha marea sería una grave equivocación. Lo más grave y preocupante de la misma, no es sólo su reflejo electoral, sino la soterrada pero constante pérdida de prestigio de las instituciones europeas y la silenciosa radicalización de sectores cada vez más amplios de las sociedades europeas. Han pasado en efecto los Idus de Marzo, pero los Idus de Europa siguen en la balanza.

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