LA META ERA EL HORROR. Tribuna en La Razón por Emilio Sáenz-Francés

“Una gran paz”. Esa fue la promesa de la temblorosa voz del emperador Hiroito al anunciar los japoneses, en una voz apenas audible, o en un idioma comprensible para sus súbditos, el fin de la guerra. Han pasado setenta años. La decisión japonesa de rendirse sin condiciones, apenas maquillada por el fárrago del protocolo imperial, llegaba tras días frenéticos. Aún quedaban algunos que querían un final Banzai para la guerra. Una inmolación masiva en aras de un honor samurai del que el Japón demasiadas veces no había sido galante durante los años anteriores. Los crímenes perpetrados en toda la fachada oriental del Pacífico eran dolientes testigos de ello.

Han pasado setenta años. La decisión japonesa de rendirse sin condiciones, apenas maquillada por el fárrago del protocolo imperial, llegaba tras días frenéticos. Aún quedaban algunos que querían un final Banzai para la guerra. Una inmolación masiva en aras de un honor samurai del que el Japón demasiadas veces no había sido galante durante los años anteriores. Los crímenes perpetrados en toda la fachada oriental del Pacífico eran dolientes testigos de ello.


Sólo el estoicismo japonés podía haber considerado la resistencia después de haberse desatado sobre el imperio la destructora de mundos. Así había definido Oppenheimer el papel de la bomba atómica en la historia de la humanidad. Algo de lo que se sentía moralmente responsable, tras haber liderado «Manhattan», nombre en clave del proyecto destinado a desarrollar la bomba. Little Boy y Fat Man habían arrasado Hiroshima y Nagasaki, inflingiendo una devastación desconocida en la historia de la humanidad, que equiparaba en el terreno del armamento el mismo horror moral que había supuesto el Holocausto. El que acabaría siendo el carismático general de la Compañía de Jesús, Pedro Arrupe S.J., fue testigo de los efectos de la primera deflagración. Donde antes se hallaba Hiroshima sólo encontró un ominoso lago de fuego. Tales fueron sus palabras. El ser humano había conseguido hacer del infierno no ya una amenaza preternatural, sino una realidad capaz de cernirse tangible sobre los hombres. Nuestra propia y perversa creación.

La bomba y el final definitivo de la Segunda Guerra Mundial son dos acontecimientos que se superponen. De ellos, el meramente político parece mundano e intrascendente en relación con el primero. El último coletazo de un conflicto ecuménico que quedaba desfasado en su significación militar. Y es que –a partir del 6 de agosto de 1945– era sólo cuestión de tiempo, de muy poco tiempo, de que el ser humano se dotase de la capacidad de destruir no una sino varías veces la vida en este planeta.

La Guerra en sí, sin embargo, sigue conservando todo su interés y su actualidad. Es un microcosmos de los mecanismos mentales y sociales capaces de desencadenar la maldad, de tolerarla y ejercerla. También de sufrirla. El holocausto de millones, en Europa y Asia; la fría lógica de los gobernantes, aun de los que luchaban en el bando del bien; las tempestades de fuego –como en Dresde– o la grandeza perdurable de los que sufrieron el martirio y supieron erigir sobre el mal una enseñanza moral de significado eterno… Todo ello sigue teniendo el valor de mandato ético en nuestros días.

El hijo de Thomas Mann dijo que la expresión «Tercera Guerra Mundial» debería suprimirse del diccionario del debate político, y sustituirse directamente por Apocalipsis. En efecto, el holocausto global es una posibilidad que se cierne constante sobre nosotros, en un mundo en el que es la misma e inadvertida amenaza el loco nihilista, entregado a un fanatismo religioso, con acceso a una única bomba atómica, que un Estado sofisticado, al servicio de una epopeya milenarista, armada de centenares de cabezas nucleares. Es la sociedad de la globalización del caos, y para evitarlo conviene recordar la fría y contundente lógica política que llevó a lanzar las bombas. Recordarla, y evitarla. Sólo ya por ello encuentra la historia de la guerra todo su sentido y pertinencia.

En junio de 1945 la guerra parecía acabada, pero Japón todavía fue capaz de arrebatar la vida a cerca de 200.000 marines americanos en la batalla de Okinawa. La conquista y ocupación del archipiélago japonés prometía convertirse en una carnicería de dimensiones desconocidas. El infierno del ejército de los Estados Unidos. Y en la conferencia de Postdam ya se habían sentado las bases de la Guerra Fría. La Unión Soviética se alzaba en el horizonte como el nuevo enemigo a batir. Era necesario mandar un mensaje claro y contundente sobre la capacidad militar y tecnológica de los aliados occidentales. Y probar, en escenario real, la capacidad destructiva del nuevo ingenio. El material fisible de Little Boy, la bomba que se usó en Hiroshima, era uranio. El de Fat Man, en Nagasaki, fue plutonio. Dos tecnologías preñadas de destrucción que debían testarse en núcleos urbanos intactos para comprobar en toda su extensión su capacidad destructiva.

Todas las decisiones se adoptaron con lógica feroz, y con voluntad de precisión científica. El resultado es un descalabro moral difícilmente abarcable por los límites de la razón humana. El alba de un mundo nuevo en el que se ha puesto en nuestras propias manos desatar el Armagedón de la Biblia. La meta, en efecto, era el horror.


Emilio Sáenz-Francés. Departamento de Relaciones Internacionales, Universidad Pontificia Comillas ICAI-ICADE

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