{"id":9919,"date":"2026-09-28T08:00:54","date_gmt":"2026-09-28T06:00:54","guid":{"rendered":"https:\/\/blogs.comillas.edu\/FronterasCTR\/?p=9919"},"modified":"2026-05-30T12:30:28","modified_gmt":"2026-05-30T10:30:28","slug":"este-ya-no-es-mi-padre-el-cuerpo-ante-la-muerte","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/blogs.comillas.edu\/FronterasCTR\/?p=9919","title":{"rendered":"\u00abEste ya no es mi padre\u00bb: el cuerpo ante la muerte"},"content":{"rendered":"<p class=\"Ensayo\"><strong>En un art\u00edculo de Rosa Ruiz-Aragoneses se parte de una experiencia que cualquiera que haya acompa\u00f1ado a un moribundo reconoce de inmediato. Hay un instante \u2014apenas unos segundos\u2014 en que la misma persona que respiraba ya no respira, quien me miraba ya no me ve. En lo que se refiere a la pura visibilidad del cuerpo, ese momento casi no aporta cambio alguno: el difunto tiene el mismo aspecto que un segundo antes de expirar. Y sin embargo, para quienes acompa\u00f1an, todo cambia. La autora, que trabaja en acompa\u00f1amiento al final de la vida, formula a partir de ah\u00ed la pregunta que vertebra su estudio: \u00bfinfluye la concepci\u00f3n que tenemos del cuerpo \u2014parte constitutiva de la identidad o mero soporte material\u2014 en c\u00f3mo cuidamos, acompa\u00f1amos y despedimos a la persona fallecida?<\/strong><\/p>\n<h3 class=\"Ensayo\"><b>Tres maneras de reaccionar ante un cuerpo muerto<\/b><\/h3>\n<p class=\"Ensayo\">La pregunta nace de la observaci\u00f3n directa. Antes incluso del fallecimiento, ante el deterioro f\u00edsico y ps\u00edquico, es frecuente escuchar: \u00abeste ya no es mi padre\u00bb, \u00abaqu\u00ed ya no est\u00e1 mi mujer\u00bb. A veces esa convicci\u00f3n procede de personas profundamente religiosas, y puede funcionar como mecanismo de defensa frente al dolor; pero tambi\u00e9n suele apoyarse en una idea de fondo: que la persona <i>es<\/i> su alma o su esencia, y que el cuerpo no es m\u00e1s que un envoltorio.<\/p>\n<p class=\"Ensayo\">En el momento de la muerte, la autora distingue tres reacciones. Algunos lloran al difunto sin una respuesta especial hacia el cuerpo. Otros \u2014los m\u00e1s\u2014 abrazan y acarician al ser querido, y necesitan tiempo antes de poder separarse de \u00e9l; en ellos ning\u00fan deterioro f\u00edsico oculta a la persona ni el v\u00ednculo establecido. Es especialmente n\u00edtido en los ni\u00f1os, cuando se les permite despedirse de sus abuelos: un contacto natural y espont\u00e1neo, todav\u00eda no filtrado por elaboraciones culturales. Un tercer grupo, menos frecuente, se niega a tocar o incluso a mirar al fallecido, a pesar de que el \u00fanico cambio es que ha dejado de respirar. En todas estas reacciones hay creyentes, agn\u00f3sticos, ateos y personas espirituales: las creencias importan, pero no de forma mec\u00e1nica.<\/p>\n<h3 class=\"Ensayo\"><b>La muerte solo tiene sentido de vida<\/b><\/h3>\n<p class=\"Ensayo\">Para enmarcar la cuesti\u00f3n, el art\u00edculo recorre el sentido antropol\u00f3gico de la muerte. La muerte genera respuestas culturales asombrosamente diversas, y esa misma diversidad es la mejor medida de su impacto universal. Pero hay una constante: el ser humano, a diferencia del animal, no se limita a que la muerte le acontezca, sino que se la apropia simb\u00f3licamente, la envuelve en una respuesta a una interrogaci\u00f3n. Por eso la aparici\u00f3n de las sepulturas marca un salto cualitativo en la humanizaci\u00f3n: el momento en que el muerto deja de ser solo un cuerpo y se convierte en un antepasado, uniendo pasado, presente y futuro. La muerte, parad\u00f3jicamente, solo tiene sentido de vida.<\/p>\n<p class=\"Ensayo\">A partir del siglo XIX, con los avances de la medicina, ese horizonte se transforma: la muerte se \u00abbiologiza\u00bb. Deja de ser un misterio para convertirse en un proceso a delimitar y controlar; ya no se va al hospital a morir, sino a ser curado, y \u00abla medicina pide a la muerte explicaciones sobre la vida\u00bb. El reverso de este progreso es conocido: la muerte se vive cada vez m\u00e1s como un fracaso individual que conviene esquivar. Donde antes el ser humano aprend\u00eda a prepararse para morir, ahora intenta sobre todo protegerse de la muerte. La autora a\u00f1ade a los factores habituales del malestar \u2014los l\u00edmites de la medicina, el \u00abanalfabetismo emotivo\u00bb\u2014 un tercero: el analfabetismo espiritual. Si lo espiritual se desvanece de la vida cotidiana, dif\u00edcilmente sabr\u00e1 darle un lugar al cuerpo en el morir.<\/p>\n<h3 class=\"Ensayo\"><b>El cad\u00e1ver entre dos umbrales<\/b><\/h3>\n<p class=\"Ensayo\">\u00bfQu\u00e9 estatuto tiene exactamente un cad\u00e1ver? La antropolog\u00eda de los ritos de paso ofrece una clave. Todo tr\u00e1nsito \u2014nacer, casarse, mudarse, morir\u2014 atraviesa tres etapas: separaci\u00f3n, transici\u00f3n y agregaci\u00f3n. Lo curioso es que ni la iniciaci\u00f3n social ni los ritos funerarios se celebran de inmediato, sino cierto tiempo despu\u00e9s: hace falta separar el hecho f\u00edsico del hecho social. No basta nacer para existir socialmente, ni morir para desaparecer.<\/p>\n<p class=\"Ensayo\">La etapa intermedia es especialmente delicada. El difunto \u00abno tiene ni los atributos de su pasado ni del estado al que est\u00e1 por pertenecer\u00bb. En situaciones normales de muerte cl\u00ednica, esa fase liminal es el tiempo que va desde que alguien expira hasta que se entierra o incinera el cuerpo: un periodo en el que el cad\u00e1ver no est\u00e1 del todo \u00abcolocado\u00bb ni en el mundo de los vivos ni en el de los muertos. Que ese tiempo importa lo demuestra, por contraste, el drama de los desaparecidos: la ausencia del cuerpo impide el reconocimiento social de la muerte y dificulta enormemente el duelo. Lo experimentamos colectivamente en la pandemia, cuando tantos no pudieron acompa\u00f1ar a sus muertos ni honrar sus cuerpos. De ah\u00ed una propuesta sugerente, formulada desde la \u00e9tica de Levinas: reconocer al cad\u00e1ver, aunque ya no tenga vida, como un posible \u00absujeto de la \u00e9tica\u00bb, es decir, como una presencia desvalida que reclama cuidado. No para divinizar la materia, sino para medir nuestra propia humanidad por c\u00f3mo tratamos al m\u00e1s fr\u00e1gil.<\/p>\n<h3 class=\"Ensayo\"><b>Cuerpo y alma: una divisi\u00f3n que la Biblia no conoc\u00eda<\/b><\/h3>\n<p class=\"Ensayo\">El n\u00facleo teol\u00f3gico del art\u00edculo est\u00e1 en revisar la relaci\u00f3n cuerpo-alma. La autora muestra que la antropolog\u00eda b\u00edblica era originalmente unitaria. El pensamiento sem\u00edtico no separaba al ser humano en piezas: la persona es garganta, es coraz\u00f3n, es manos, es esp\u00edritu, y lo es toda ella en cada momento. Tres t\u00e9rminos clave lo expresan: <i>rua\u1e25<\/i> (el aliento que viene de Dios y vincula al ser humano con \u00e9l), <i>nepe\u0161<\/i> (el yo necesitado, deseante y viviente, que solo en muy pocos textos puede traducirse acertadamente por \u00abalma\u00bb) y <i>b\u0101\u015b\u0101r<\/i> (la carne, la persona en su dimensi\u00f3n visible, fr\u00e1gil y caduca). No hay aqu\u00ed oposici\u00f3n entre lo corporal y lo interior, sino dos perspectivas del mismo yo.<\/p>\n<p class=\"Ensayo\">La fractura llega con el encuentro entre la antropolog\u00eda b\u00edblica y la filosof\u00eda griega. La traducci\u00f3n de estos t\u00e9rminos hebreos al griego \u2014y luego al lat\u00edn\u2014 fue carg\u00e1ndolos de un sentido dualista ajeno al original, hasta llegar a las tesis pitag\u00f3rica y \u00f3rfica del alma que transmigra de cuerpo en cuerpo, prisionera de la materia, liber\u00e1ndose solo en la muerte. El pensamiento cristiano pas\u00f3 as\u00ed, en parte, de concebir a un ser humano unitario y sostenido por el aliento de Dios a entenderlo como un ente inmaterial e inmortal que habita el cuerpo como hu\u00e9sped pasajero. Santo Tom\u00e1s, recogiendo a Arist\u00f3teles, recuper\u00f3 buena parte de la integraci\u00f3n \u2014el alma solo alcanza su perfecci\u00f3n \u00abcorporiz\u00e1ndose\u00bb\u2014, aunque dej\u00f3 abierto el problema de c\u00f3mo mantener la continuidad de la persona tras la muerte.<\/p>\n<h3 class=\"Ensayo\"><b>Caro cardo salutis: la carne es el quicio de la salvaci\u00f3n<\/b><\/h3>\n<p class=\"Ensayo\">Frente a esta deriva, el art\u00edculo propone recuperar la novedad cristiana. El cristianismo es la religi\u00f3n de la <i>en-carnaci\u00f3n<\/i>, y sin embargo \u2014observa la autora\u2014 a menudo se \u00abplatoniz\u00f3\u00bb, priorizando el alma como verdadera identidad y reduciendo el cuerpo a mera materialidad superable. La f\u00f3rmula de Tertuliano resume la correcci\u00f3n necesaria: <i>caro cardo salutis<\/i>, \u00abla carne es el quicio de la salvaci\u00f3n\u00bb. Dios viene a nosotros en la carne, y por eso el cuerpo es camino irrenunciable hacia Dios y hacia uno mismo.<\/p>\n<p class=\"Ensayo\">De ah\u00ed la insistencia de las primeras comunidades cristianas en confesar la resurrecci\u00f3n <i>de la carne<\/i>, y no del alma separada del cuerpo. Pablo lo expres\u00f3 con la met\u00e1fora de la semilla: un cuerpo que se transforma sin desaparecer. Lo decisivo es que el cuerpo, por mucha enfermedad y deterioro que atraviese, no se borra de la identidad personal: muere la persona entera y vive la persona entera. La autora llega incluso a sugerir que tendr\u00edamos que proclamar no solo la fe en la resurrecci\u00f3n de la carne, sino tambi\u00e9n en la muerte de la carne, porque toda la persona \u2014y no una parte exenta de ella\u2014 es la que est\u00e1 llamada a morir y a vivir.<\/p>\n<p class=\"Ensayo\">El testimonio neotestamentario lo confirma con dos gestos. La madre y los amigos de Jes\u00fas buscan y cuidan su cuerpo cuando muere \u2014\u00bfqui\u00e9n imagina a Mar\u00eda diciendo \u00abah\u00ed ya no est\u00e1 mi hijo\u00bb?\u2014; y el sepulcro vac\u00edo se convierte en signo de la resurrecci\u00f3n, porque no era indiferente lo que ocurriera con aquel cuerpo. De alg\u00fan modo, sostiene la autora, cada muerte tiene su \u00abdescendimiento\u00bb y su \u00absepulcro vac\u00edo\u00bb: un tiempo para abrazar, tocar y honrar el cuerpo, y luego su desaparici\u00f3n del espacio compartido.<\/p>\n<h3 class=\"Ensayo\"><b>Una conclusi\u00f3n para seguir pensando<\/b><\/h3>\n<p class=\"Ensayo\">El estudio no cierra con dogmas, sino con interrogantes. Si reducimos la dignidad de la persona a su capacidad cognitiva o a su autonom\u00eda, se entiende mejor que ante una demencia avanzada digamos \u00abesa ya no es mi madre\u00bb. Pero quiz\u00e1 esa misma l\u00f3gica \u2014incluso desde una espiritualidad de fuerte impronta corporal como la cristiana\u2014 est\u00e9 contribuyendo a una disociaci\u00f3n entre la persona y su cuerpo. Recuperar el valor del cuerpo como parte de la identidad, sin negar un elemento trascendente, ayudar\u00eda a un acompa\u00f1amiento m\u00e1s realista y humano al final de la vida, favorecer\u00eda el duelo de los familiares y permitir\u00eda honrar a la persona querida hasta el final, con unos ritos m\u00e1s encarnados y menos plat\u00f3nicos. Porque es la persona \u00edntegra, en todas sus dimensiones, la que vive, la que enferma, la que muere y la que esperamos que resucite.<\/p>\n<p class=\"Ensayo\"><i>*Resumen de<\/i> Ruiz-Aragoneses, R. (2026). El cuerpo ante la muerte: significado antropol\u00f3gico y espiritual del cad\u00e1ver en el acompa\u00f1amiento al final de la vida. <i>Raz\u00f3n y Fe<\/i>. <a href=\"https:\/\/doi.org\/10.14422\/ryf.vol290.i1468.y2026.005\">https:\/\/doi.org\/10.14422\/ryf.vol290.i1468.y2026.005<\/a><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>En un art\u00edculo de Rosa Ruiz-Aragoneses se parte de una experiencia que cualquiera que haya acompa\u00f1ado a un moribundo reconoce de inmediato. Hay un instante \u2014apenas unos segundos\u2014 en que la misma persona que respiraba ya no respira, quien me miraba ya no me ve. 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