Aventuras africanas, envidiable

Hola! Primeramente quisiera decir que todo lo que en este blog está escrito recoge mis impresiones personales de un lugar muy concreto de África. Esto no es extrapolable a todo el continente, pese a que reiteradamente me refiera a los locales con el término “africano”, y para nada es representativo de la impresión que otras personas puedan llevarse de experiencias similares. Vamos, que no es mi culpa si mi blog te motiva para ir a África y luego no lo encuentras de tu agrado o similar a lo que se refleja en mis palabras :P. Pero que este sitio es alucinante, es un hecho!

G

Me llamo Álvaro Guzmán Zotes Orcajo, pero me presento siempre como “Gus”. Esto era así hasta que recibí mi primer nombre Kamba. Lo cierto es que, de alguna manera, me lo adjudiqué yo mismo, mientras trataba de explicar a un grupo de niños del orfanato lo que significaba Gus. Ellos no entendían que un nombre no significase nada y que fuera simplemente eso, un nombre. Tras comprender que necesitaban un significado, les comenté que era la primera parte de la palabra “gusano”. A través del universal lenguaje de los signos conseguí que me lo tradujeran a “Kono Kono”, que más tarde averiguaría se corresponde con caracol.

Gus con los niños

Pues, Kono Kono o sin él, ahí estaba yo, en África. En concreto, en una zona rural de la provincia de Kitui, Kenia. La zona está habitada por la tribu/comunidad de los Kamba, que tras aprender su lengua materna, estudian además Swahili e Inglés. El paisaje es semiárido y la tierra roja, de esa que se te pega en los calcetines blancos. Muchos pares de calcetines blancos jamás volvieron a serlo. Ahí se quedaron, donde nunca volverán a conocer lavadora. De hecho no sé si saldría en una lavadora, pero a mano no salía. Porque sí, lavábamos a mano. Yo que pensé que ya lo sabía todo de las labores del hogar, después de mi Erasmus en Alemania cuando puse mi primera lavadora. Pero no fue lo único que aprendí y que me he traído de vuelta.

Todo fue genial desde el momento en el que, allá por diciembre de 2014, me decidí a aplicar a los voluntariados de verano de Comillas Solidaria. Obviamente, estaba afectado por la fiebre ICAI de primero de máster, la cual dice algo así como “he de empezar a hacer algo con mi vida, conseguirme unas buenas prácticas de verano con las que empezar a hacer currículum y si tengo suerte me pagarán 500 euros que me durarán un viaje y medio en agosto”. Pero he de decir que, desde el momento en el que supe que estaba aceptado, en enero de 2015, dejé de buscar otras cosas, pues sabía que no encontraría mejor plan de verano. Y así fue.

Dos meses estuvimos trabajando en el orfanato “Nyumbani Village”. Y tiene la palabra “pueblo” en el nombre pues en efecto lo era. Acogía a mil niños, distribuidos en veintiséis grupos de cuatro casas, cada una con unos diez, y un abuelo o abuela que vivía con ellos. El pueblo disponía de todas las características propias de un pueblo: muchos campos de fútbol, de todos los tamaños y formas, con porterías, también de todas las formas; una tienda en la que comprar frutas, verduras, huevos y muchas chucherías; un edificio inmenso que hacía las veces de iglesia, sala de conferencias y cine; una clínica súper moderna para la zona en la cual te diagnosticaban rápidamente si lo que tenías eran lombrices o amebas, o ambas; un sistema de bombeo de agua que utilizaba la energía sobrante generada por un huerto solar para subir agua colina arriba, y así disponer de ella a casi todas horas; y una comisaría, con cuatro policías, los cuales no tenían demasiado trabajo debido a la escasez de crímenes, y que acabaron siendo grandes amigos nuestros.

Campamento

Mi labor, en concreto, fue colaborar con el proyecto “Nyumbani II”, de Energía Sin Fronteras. Dicho proyecto pretende dotar de luz las casas en las cuales viven los niños y los trabajadores, ya que las oficinas y las casas de voluntarios ya disponían de ella. Tuve que recorrer el poblado de arriba abajo, realizando planos de las casas, ya que, si bien los arquitectos habían dejado planos originales de las construcciones, los propios constructores no habían sido totalmente fieles a ellos. Además, tuve que medir la distancia entre las casas para estimar el cable que necesitaría el proyecto. Más tarde ideé la distribución, tanto interior como exterior, que tendrían dichos cables, así como las posiciones de los sistemas fotovoltáicos y de las baterías. Me alegra decir que ya a diciembre del 2015 el proyecto está prácticamente terminado, con muchas de las casas iluminadas, asegurando este nuevo derecho universal que es la energía a esta población.

Gus trabajando

Lo verdaderamente interesante de todo esto es que cada día era una aventura. Ya fuera debido al trabajo (hoy toca soldar tubos de hierro para crear el prototipo del soporte del panel), a algún acontecimiento importante (hoy viene la familia patrocinadora del instituto de la aldea… en helicóptero! Y van a aterrizar en medio de un campo de futbol!) o a la simple vida cotidiana en la aldea (hoy toca discusión con los policías durante la cena a cerca de creacionismo/evolucionismo, porque son creacionistas convencidos), despertarse cada día era fácil, por la ilusión que despertaban dichas aventuras.

Gus llega a Kenia

Los miércoles eran días especiales. Y no por nada que sucediese dentro de la aldea, sino porque era el día que los voluntarios nos habíamos autoimpuesto, junto con un día del fin de semana, para ir al poblado cercano (Kwa-Vonza) y comer un pollo con patatas, junto a un par de cervezas. Esto puede sonar bastante normal, pero cuando la dieta diaria consiste básicamente en judías, arroz y maíz, se convierte en un acontecimiento anhelado. Además, cogimos la costumbre de ir andando (y alguna vez corriendo), y resultó ser un paseo de dos horas enternecedor, tanto por los paisajes como por la gente que nos íbamos encontrando y que no pertenecía a la aldea. Dichos personajes nos saludaban afablemente al grito de “Muzungu!”, para chocar la mano de todos y cada uno de nosotros.

Gus camino de los miércoles

El cielo es algo que se merece un párrafo aparte. Tanto de día como de noche, el cielo africano es maravilloso. Los amaneceres eran demasiado pronto como para ser observados. Los atardeceres no obstante sí que tenían lugar a una hora más apropiada, que nos permitía disfrutarlos de principio a fin. No obstante, el atardecer más fantástico de todos lo contemplaríamos más adelante en el Masai Mara. El típico atardecer de película, cuya belleza las fotos no son capaces de inmortalizar.

Cielo de Kenia

Los africanos nunca serán alemanes. Y me refiero con esto a su eficiencia. El famoso “Pole-Pole”, que viene a significar “despacito, sin prisa”, era utilizado como estandarte cada vez que tratabas de agilizar algún proceso. Tareas que normalmente nos habrían llevado en occidente veinte minutos podrían estancar a un keniata durante horas. Asimismo, si decías de quedar a una hora determinada tenías que estar saber que el primero se presentaría dos horas después, y el último no llegaría jamás.

Pero los alemanes tampoco serán nunca africanos. Las carcajadas y los choques de manos con los que te recibían a primera hora del día no los recibirás jamás en una oficina de Occidente. Trabajar se hacía muy llevadero, debido precisamente a que siempre había un ambiente distendido, casi de broma, y sin prisa. Esto no quiere decir que no se trabajara en serio, ni a tiempo; simplemente los plazos de entrega eran más relajados, y la vida, más feliz.

Bailando en Kenia

Otra cosa a comentar es que el orfanato existe para acoger a la gran cantidad de huérfanos cuyos padres han muerto principalmente a causa del VIH. Como todos sabemos, en muchas zonas de África ésta enfermedad ha causado estragos y prácticamente eliminado generaciones enteras. No obstante, únicamente menos del 10% de los niños del poblado son portadores de ese virus. Hoy en día, gracias a los retrovirales, es posible llevar una vida digna, exactamente igual a la de una persona sana, hasta la vejez. He de reconocer que al principio, principalmente por desconocimiento, se tiene un poco de miedo. Pero he aprendido mucho a cerca de la enfermedad, de la cual hay que derribar muchos mitos y prejuicios.

Gus bebiendo agua

Por último, he de añadir que en el poblado también había hueco para una fiesta de vez en cuando. Eso sí, con música africana, bailando alrededor de una hoguera, y bebiendo Karubu, un licor hecho a base de miel que se fabrica artesanalmente.

Gus con fuego

Finalizada nuestra estancia en el poblado, realizamos un viaje de tres semanas por diferentes sitios de Kenia. Primeramente decir que en ningún momento hubo sensación de peligro. Eso sí, siempre hay que saber donde se está, y como tratar a los borrachos o a los que vienen a pedirte dinero insistentemente. El único episodio triste lo protagonizó una compañera cuando le afanaron el teléfono en un autobús de Nairobi. Pero claro, eso es algo que te puede pasar también en Madrid o en cualquier otro lugar del mundo. Es cierto que tampoco fuimos a zonas de conflicto, como la frontera con Sudan del Sur o con Somalia, pero de esta última estuvimos muy cerca, en Lamu, y resulto ser la antítesis del peligro. Muchas guías de viajes desaconsejaban ir tan cerca de Somalia, pero tras consultarlo con mucha gente nos decidimos a ir. Y menos mal, ya que su belleza es de obligada parada.

Gus safari1

Nuestros viajes nos llevaron a dos safaris (Tsavo y Masai Mara), a las playas del este (Mombasa, Lamu) y al lago Victoria al Oeste. Entre medias, pudimos contemplar otros parques nacionales fantásticos, como el Hells Gate (en él se inspiraron los escenarios de El Rey León), o las inmensas plantaciones de Té de Kericho (Kenia es el tercer productor mundial de este producto).

Gus safari2

Recomendaciones para el que vaya a realizar un viaje por la zona:

– Que los safaris son muy recomendables y no es de recibo abandonar África sin hacer uno, si bien es cierto que es la parte más cara del viaje. Además, si se puede elegir, váyase a los safaris menos masificados, ya que Masai Mara, pese a la migración de los ñus, es estremecedor por el impacto que tienen la infinidad de coches en el libre albedrío de la vida salvaje.

Gus safari3

– Que las playas paradisíacas del océano índico son un MUST, que le aplican el toque de vacaciones de verano a la aventura. Y en concreto la isla de Lamu, con sus llamadas al rezo, sus edificios de coral y sus barcos característicos.

Gus safari4

– Que el lago Victoria, con sus islas y sus hipopótamos, es otra parada obligatoria. Es el lago más grande de África, y Kenia posee solamente una minúscula parte de él. A nosotros nos encantó lo poco que vimos, de manera que no me quiero ni imaginar la cantidad de sitios bonitos que tiene.

Gus safari5

No voy a cerrar con el típico “ha sido una experiencia alucinante”, pues ya lo podéis discernir de mis escritos, de modo que simplemente quiero recomendar Kenia, tanto por su belleza como por la felicidad de sus gentes.

Gus feliz

Álvaro Guzmán Zotes Orcajo